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sábado, 31 de diciembre de 2016

Te desafío

Felicitación del Año Nuevo 2017.

“Perhaps love” (Quizás el amor). Plácido Domingo y Jhon Denver.

Los desafíos que nos depara la vida nos sacan de nuestra complacencia y hacen que no pretendamos controlarlo todo; ensanchan nuestros límites y nos ayudan a descubrir nuestras capacidades, nuestros dones y nuestro auténtico yo. Por todo esto y porque la más insignificante de las acciones siempre es mejor que la más audaz de las intenciones... te propongo para el próximo mes los siguientes desafíos:


Fuente: "Audaz, productivo y feliz" de Robin Sharma.

- Te desafío a que seas un soñador en un mundo con demasiada gente que ha renunciado a defender sus sueños.

- Te desafío a que seas la persona más positiva que conozcas, en un mundo donde impera el negativismo y está de moda el cinismo.

- Te desafío a que hagas tres cosas de las que tengas miedo (porque tus miedos son la puerta a una vida mejor), y visites aquellos sitios que te producen temor.

- Te desafío a que hagas ejercicio con frecuencia, sigas una alimentación sana y trates tu cuerpo como un templo.

- Te desafío a que cada mañana dediques los sesenta minutos de una hora “santa” a reflexionar sobre lo que quieres que represente tu vida, y a leer algo profundo e inspirador.

- Te desafío a que te entregues a la excelencia en una sociedad en la que son demasiados los que aceptan la mediocridad.

- Te desafío a que seas luz en un planeta donde hay demasiada oscuridad, y a que tengas cada día buenas obras, aunque no se te reconozcan.

- Te desafío a que, siempre que tengas elección, te decidas por aquello que convierta este mes en algo extraordinario.

- Te desafío a que tomes las palabras que te he ofrecido y reflexiones a fondo sobre ellas para que inspiren tus actos.

- Te desafío a que dediques un momento (el de ahora) a acordarte de quién eres de verdad. Ponte en pie para ser grande.

FELIZ AÑO 2017


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jueves, 29 de diciembre de 2016

Un cuento por Navidad

¡Cómo me gusta un buen cuento de Navidad! Es algo con lo que disfruto desde que , con seis años, los Reyes Magos me trajeran el cuento de "La vendedora de fósforos" de Hans Christian Andersen. Creo que estaba "mágicamente" ilustrado: tal era la fascinación que ejercía sobre mí. Es, sin duda, el libro más remirado, releído y recreado en mi imaginación de mi vida.

Hoy voy a dejaros una bonita historia muy bien contada: "La historia de Akupai", escrita por Philippe Lechermeier (Estrasburgo, 1968).



« Hace ya días que llegó el invierno. Ahí fuera, los habitantes del pueblo caminan apresurados hacia sus casas, hundiendo sus pasos en la espesa nieve, como si escribieran con sus zuecos en la página en blanco de un inmenso cuaderno. Los copos caen sin cesar y, más tarde, cuando yo salga, habrán cubierto con una nueva capa de nieve el camino del pueblo. Pero entonces, serán mis pasos los que escribirán la continuación de la historia, una historia que comenzó hace muchos años.

Todo empezó cuando llegaron por primera vez. Por entonces, cada familia poseía varias fanegas de una tierra rica y ligera en la que prosperaba la granza. Ésta crecía alrededor de todo el pueblo y su brillo tenía el esplendor de las hogueras de San Juan. Una vez recolectada y seca, producía un tinte rojo que servía para teñir telas. Se decía que el rojo que se obtenía era apreciado en el mundo entero.

Yo todavía era un niño la primera vez que vinieron.

Fue durante esa época del año en que los días se alargan poco a poco.

Los campos se teñían de amarillo, de ese amarillo que se transformaba en rojo y que nos permitía vivir. Eran, todo lo más, una decena.

Únicamente hablaba nuestra lengua el que dirigía el grupo: Akupai.

Nos explicó que él y sus compañeros buscaban trabajo.

Fueron bien recibidos, llegaban en un buen momento. Los campos lucían un amarillo intenso, presagiando una cosecha extraordinaria.

Akupai y sus compañeros trabajaban duro.

Salían muy temprano y no regresaban hasta que terminaba el día. Verlos adentrarse en los campos era curioso: su piel tenía el mismo color que las flores de la granza y daba la impresión de que desaparecían por completo entre ellas. Por la tarde, parte del resplandor de los campos regresaba con ellos al pueblo.

Akupai trabajaba en nuestras tierras. Después de la cena, los demás se reunían con él delante de nuestra casa y conversaban hasta altas horas de la noche. A veces, sacaban de sus bolsillos unos trocitos de hueso que hacían saltar entre sus dedos lastimados por la granza, y comenzaban partidas interminables de un extraño juego. Al terminar cada jugada, dibujaban misteriosos signos en el polvo del suelo y, aunque yo no entendía las reglas, los observaba con interés.

Una noche, cuando casi toda la granza se había recolectado, bajé a sentarme junto a Akupai.

Estaba pensativo, con la mirada perdida en la lejanía.

Me pregunté en qué podría estar pensando con aquella expresión tan seria.

Entonces me habló de su país, un país en el que no crecen las flores, donde el invierno dura todo el año y las casas son de hielo, porque hay tan pocos árboles que no se pueden construir con madera.

Antes de ir a acostarme, le pedí que me enseñara los huesecillos con los que jugaba, y los hizo rodar ágilmente en su mano.

Algunos días después, cuando la recolección ya había terminado, Akupai y sus compañeros se pusieron en camino para regresar a sus casas.

Mi padre les dijo que podían volver hacia fin de año, porque había que moler la granza para obtener el tinte rojo. Akupai asentía moviendo la cabeza de arriba abajo, repitiendo las palabras de mi padre, como para retenerlas mejor.


Después, se despidieron de toda la gente que se había congregado en la gran plaza y se fueron.

Pasaron los meses, los días se hicieron más cortos y la temperatura más fría. Los pájaros volaron hacia el sur y un viento gélido barrió la llanura. Durante la noche todo se cubría de hielo y los lobos aullaban a nuestro alrededor. El aire era seco y, para perfumar las casas con el olor de la resina, cortábamos un abeto y lo dejábamos secar durante días en un rincón. De vez en cuando, mi padre subía a la granja para comprobar si las raíces de la granza se estaban secando bien.

Como todos en el pueblo, sentíamos que cuanto más cerca estaba el momento de la molienda, más anhelaba mi padre el regreso de Akupai y los suyos.

Y así fue, volvieron una mañana cuando apenas había amanecido.

Los gritos de los demás niños resonaban en las calles nevadas, y me precipité afuera para ver qué pasaba.

A lo lejos, descendiendo por las tierras desnudas y blancas, se les veía aproximarse al pueblo. Era una extraña procesión la de aquellos hombres venidos del frío, vestidos con largas pellizas, calzados con botas de cuero rústicamente curtido y con los rostros amarillos que recordaban los colores del verano.

Se podía reconocer a Akupai, que marchaba a la cabeza, por su larga barba negra. Habían vuelto tal como prometieron. Arrastraban tras ellos trineos hechos de madera y de hueso.

En cada una de las casas se les dio una calurosa bienvenida y Akupai se quedó con nosotros.

En cuanto se enteró de que Akupai había vuelto, mi madre sacrificó un pavo bien gordo que asó durante horas en el horno y la comida fue una gran celebración.

Las velas que iluminaban nuestros rostros se iban consumiendo sobre la mesa. El aroma del abeto se mezclaba con los olores de los frutos secos y de la canela. Entablamos una cálida conversación y, poco a poco, las palabras se fueron espaciando al compás de las velas, que se iban extinguiendo una a una.

Al levantarme a la mañana siguiente, puse muchos troncos en la estufa para calentar la habitación. Bajo el abeto, había un objeto extraño que me llamó la atención. Unas hojas de maíz secas y atadas con un cordel de cáñamo envolvían algo. Me acerqué al paquete. Con letra muy pequeña, escrito torpemente sobre las hojas, se podía leer mi nombre.

Impaciente, desaté el cordel y, cuando desplegué las hojas de maíz, descubrí cinco huesecillos. Cinco pedacitos de hueso, pulidos por el uso de años: cuatro eran claros y uno oscuro. Era el juego de Akupai que tanto me intrigaba. Más tarde, durante la mañana, me explicó cómo jugar. Y como en el suelo no había tierra, marcamos los puntos en la escarcha de la ventana.

Por la tarde, cuando me reuní con mis amigos, me sentía emocionado al pensar que iba a enseñarles mis huesecillos.

En la calle oí gritos de alegría y de admiración. Objetos increíbles pasaban de mano en mano: una flauta hecha con un cuerno de reno, un cuchillo blanco con el mango tallado, unas figuritas esculpidas en una piedra que parecía hielo.

Como Akupai, sus compañeros habían traído regalos para los niños de las familias que los acogían. Jamás he vuelto a vivir una tarde como aquella.

Durante varias semanas, Akupai y sus compañeros trabajaron la granza. Para calentarnos, íbamos con frecuencia a observarlos. Las cubas del tinte desprendían un calor sofocante que agradecíamos en aquellos días de tanto frío.

En el vapor de agua empapaban la lana, el lino y la seda. Estaban maravillados por aquella flor amarilla con la que se podían teñir las telas de rojo. Tanto, que acabaron tiñendo todas sus ropas. Sumergieron en el tinte sus camisas y después hicieron lo mismo con sus pesados abrigos de piel.

Y así fue durante muchos años. Venían al pueblo para la recolección, después, para el teñido de las telas. Siempre nos traían regalos y, cuando la granza estaba ya casi seca y empezaban a caer los primeros copos, no era raro encontrar a un niño que observaba el horizonte para ver llegar a los que venían del frío.

Cuando, por fin, alguien veía aparecer a lo lejos un resplandor casi tan rojo como el del sol poniente, se apresuraba a anunciar su regreso.

Entonces, los padres cortaban un abeto, mientras las madres preparaban una buena comida.

Después, comenzaba otra espera, hasta el día siguiente, cuando, junto al abeto, envuelto en hojas de maíz, encontrábamos un nuevo regalo.

Todo hubiera podido continuar igual durante años: la granza amarilla transformada en color rojo, las telas blancas sumergidas en las cubas de tinte, el pueblo que se enriquecía y los del frío que venían a ayudar.

Pero, poco a poco, y sin que apenas nos diéramos cuenta, la granza se fue vendiendo cada vez menos. Los escasos mercaderes que todavía venían al pueblo nos contaron que se podían teñir las telas de rojo en otros sitios y a mejor precio. Poco después, incluso estos mercaderes dejaron de venir.

Y éste fue el fin de la granza.

Alrededor del pueblo, los campos ya no se coloreaban de amarillo en primavera. La vida se hizo más dura. El trabajo empezó a faltar.

Pero lo que más me inquietaba, y estoy seguro de que a los otros niños les ocurría lo mismo, era que ya no veríamos distinguirse en el horizonte la silueta roja de aquellos que volvían cada año, cuando la granza estaba seca y caían las primeras nieves. Por primera vez, después de muchos años, el invierno empezaba sin alegría.

Una noche, en uno de esos días que no cesaba de nevar, nos asustaron unos golpes en el cristal.

Nos acercamos inquietos.

Era Akupai, con su abrigo rojo cubierto de nieve. Tenía en las manos algunas hojas de maíz atadas con un cordel de cáñamo.

Akupai regresó desde entonces todos los años. Incluso mucho después de que su barba negra se volviera blanca.


Al principio lo hizo por mí; después, por mis hijos; después, por los hijos de mis hijos.

Atravesaba su país sin flores y sin árboles en el trineo para traer regalos a cada niño del pueblo.

Una vez que había acabado de distribuirlos, venía a verme. Y, puntualmente, yo sacaba mis cinco huesecillos, y jugábamos marcando los puntos en la escarcha de la ventana, como la primera vez.

La última vez que lo vi, le costaba trabajo jugar. Parecía cansado y le temblaban los dedos. Cuando terminamos la partida, me estrechó entre sus brazos.

A la mañana siguiente, encontré en el pasillo su larga pelliza roja y sus botas de cuero mal curtido.

Ésta es la historia de Akupai.

Y ahora, ha llegado el momento de salir a la nieve. Me pongo sus botas. Su pelliza roja es muy cálida, no pasaré frío. Tras las ventanas de las casas veo los abetos, e imagino a los niños que esperan impacientes.

Al cargar los regalos sobre el trineo, dejo huellas en la nieve, como si escribiera en un libro la continuación de la historia: la historia de Akupai. »


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sábado, 24 de diciembre de 2016

Vivir es un milagro

Felicitación de Navidad del año 2016

“L'île Fréerique”. Michel Pépé.

Navidad significa nacimiento, principio de algo, tiempo en que algo empieza, nueva oportunidad, invitación a VIVIR con mayúsculas... Es posible. Siempre es posible.


Fuente: “Psicohigiene” de Javier Urra.

Vivir es un milagro. Cada uno de nosotros ha sido concebido a cambio de que otro número casi infinito no lo haya sido. Sin embargo, una cosa es vivir y otra existir.

Debemos ser conscientes de que vivimos, obtener y entregar todo lo que podemos aportar y lo que llevamos dentro. Sentirnos razonablemente libres, mostrarnos independientes, permitirnos reflexionar, vivir sencillamente, disfrutar de la amistad…

Vivir es personal e intransferible. Vivir bien presupone vivir con honestidad, con nobleza, con alegría, con amor.

La vida, al ser social, necesariamente genera conflictos, por eso o te la organizas, o te la organizan.

Precisamos priorizar, no podemos mantenernos en un sentimiento de urgencia permanente, pero, como el jazz, la vida requiere improvisación.

La vida nos exige continuamente tomar decisiones. Siempre nos demanda nuevas respuestas. Tenemos que acostumbrarnos al cambio, a fluir, a adaptarnos.

Vivir es apasionarse. Toda persona debe desarrollar sus capacidades morales, cognitivas, artísticas técnicas, culturales… Debe no solo llevar su vida en sus manos, sino contribuir a la mejora de la de los que le rodean. Cuando uno vive con y por los demás, la vida merece la pena y debe parecernos corta.

Debemos esperar de la vida haber sido queridos y haber amado, haber disfrutado de las personas, la naturaleza, la belleza, y haber hecho algo de lo que sentirse orgulloso.

Amanecer es volver a nacer, es una nueva oportunidad, una invitación a hacer y a ser.

FELIZ NAVIDAD


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miércoles, 21 de diciembre de 2016

Sentir la vida

Felicitación de Navidad del año 2016 para los seguidores del blog.

“Aquí estoy yo” (Fragmento). Luis Fonsi.

Un año más, mi pequeño gran mensaje de felicitación a las personas que siguen el blog. Gracias por estar ahí.

¡FELIZ NAVIDAD!


Fuente: “Maravillosamente imperfecto, escandalosamente feliz” de Walter Riso.

No te apagues como una vela. Si te aíslas en tu propia cárcel de prejuicios y normas irracionales, vivirás abatido. El dolor y la alegría se pegan a uno por carácter transitivo. Rebélate contra los caballeros y las mujeres de la armadura oxidada. La pasión y la emoción son contagiosas.

Si no sientes lo que haces, mejor no lo hagas. Y si en verdad lo sientes, hazlo hasta agotar reservas: juégatela.

Dos máximas pueden servirte de guía:

- Haz lo que quieras si no es dañino para ti ni para nadie.

- Haz lo que quieras, si no violas la Carta Universal de los Derechos Humanos.

Deja que el fuego de la emoción positiva te ilumine, que tu mayor defecto sea sentir la vida y palpitar con ella hasta las últimas consecuencias.


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sábado, 17 de diciembre de 2016

Arrebatar la atención

Fuente: “No te ahogues en un vaso de agua” de Richard Carlson.

En la entrada de este blog titulada “La necesidad de escribir”, se dice que algunas personas escriben para comprender su propia alma. Es el caso de esta entrada, pues a diario me esfuerzo por terminar con mi hábito de interrumpir la narración de otros para llevar la conversación de vuelta a mi propia persona. Son muchos los intentos y muchos los fracasos, pero merece la pena cuando lo consigo.


La próxima vez que alguien nos cuente una historia o comparta con nosotros un logro propio, fijémonos en nuestra tendencia a decir algo acerca de nosotros mismos como respuesta.

Nuestra necesidad excesiva de atención proviene de nuestro ego, esa parte de nosotros que quiere que lo vean, oigan, respeten, consideren especial, a menudo a expensas de alguna otra persona. Es la parte de nosotros que interrumpe la narración de otros, o espera con impaciencia nuestro turno de hablar con el fin de llevar la conversación y la atención de vuelta a nuestra propia persona.

La mayoría de nosotros, en diferentes grados, nos entregamos a este hábito difícil de romper, que crea distancia entre nosotros y quienes nos rodean.

En lugar de decir: “Yo hice lo mismo una vez” o “A que no adivinas qué hice hoy”, mordámonos la lengua, escuchemos con atención y digamos simplemente: “Eso es fantástico” o “Por favor, cuéntame más”, y dejémoslo ahí. La persona que esté hablando no tendrá la sensación de estar compitiendo con nosotros. El resultado será que esa persona se sentirá más relajada, confiada e interesante. También nosotros nos sentiremos más relajados porque no estaremos esperado para intervenir.

Estamos hablando de la necesidad impulsiva de arrebatar la gloria y la atención de los demás. Existen, obviamente, muchas ocasiones en las que resulta apropiado no renunciar a ellas e intercambiar experiencias mutuas.

Cuando dejamos de necesitar que toda la atención se centre en nuestra persona y permitimos que los otros se lleven la gloria, sucede algo mágico: una sensación de serenidad y seguridad se apodera de nosotros.

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martes, 13 de diciembre de 2016

Un mar de fuegos

Cuento de Eduardo Galeano titulado “El mundo” obtenido de la revista literaria “La máquina del tiempo”.


« Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

El mundo es eso -reveló- Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende. »

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jueves, 8 de diciembre de 2016

Pura Luz


Hoy, día de la “Inmaculada”, puntual a la cita, deseo enseñaros, otro año más, es grande mi alegría por ello, el belén de mi casa. Ya es el quinto año que os lo muestro a través de un vídeo. El título de la entrada hace referencia a su música: “Pure Lumière” de Michel Pépé.

Este año quiero mostraros las escenas de más entidad o importancia religiosa, es decir, los llamados Misterios: La Anunciación del Ángel a María, la Visitación de María a su prima Isabel, el Empadronamiento en Belén, la Natividad, la Anunciación a los pastores, la Visita de los Reyes Magos, la Presentación de Jesús en el templo, la Matanza de los Inocentes y la Huida a Egipto.

Os recuerdo que el belenista es mi marido. Todo el mérito es suyo. Él es el artífice y, aparte de montar e iluminar todas las escenas, ha diseñado y hecho todos los edificios. Fijaos en la delicadeza de la casa de María en Nazaret, en los detalles de la “oficina del censo”, en el templo judío (cuya fachada se inspira en la principal de la Basílica de San Ildefonso de Jaén) o en el templo egipcio…

Horas y horas de minucioso trabajo… Horas y horas disfrutando, incansable y feliz.



ENTRADAS RELACIONADAS EN ESTE BLOG:

- La cuna de la vida. (Belén 2015)
- Todos los caminos llevan a Belén. (Belén 2014)
- Montar el "Belén". (Belén 2013)
- Quiero enseñarte mi belén. (Belén 2012)

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lunes, 5 de diciembre de 2016

Escucha tus sensaciones

“No te ahogues en un vaso de agua” de Richard Carlson.


Los seres humanos tenemos a nuestra disposición un sistema de navegación a toda prueba para orientarnos a través de la vida. Dicho sistema consiste en nuestras sensaciones y nos hace saber cuándo nos hemos desviado del camino y nos dirigimos hacia la infelicidad y el conflicto… o cuándo vamos bien encaminados, en dirección a la paz mental. Las sensaciones actúan como un barómetro que nos notifica cuál es el tiempo en nuestro interior.

Cuando las sensaciones son positivas, nos están confirmando que estamos usando los pensamientos para nuestro propio beneficio. No es necesario realizar ningún ajuste mental.

Cuando nuestra experiencia de la vida no es agradable, cuando nos sentimos enojados, resentidos, deprimidos, estresados, frustrados y cosas por el estilo, el sistema de alarma de nuestras sensaciones entra en funcionamiento, como una señal de peligro, para recordarnos que nos hemos desviado del camino, que ha llegado el momento de aminorar la marcha de nuestros pensamientos porque hemos perdido el sentido de la perspectiva. Entonces es necesario realizar reajustes mentales. Nuestras sensaciones negativas son algo así como una de las luces de alarma del salpicadero de tu coche.

Contrariamente a la creencia popular, las sensaciones negativas no necesitan ser estudiadas ni analizadas, pues, cuando se analizan, por lo general se acaba luchando con una cantidad mayor de ellas.

Cuando nos sintamos mal, no nos atasquemos en una “parálisis analizadora”. Tampoco finjamos que las sensaciones negativas no existen. Preguntémonos por qué nos sentimos así, pero procuremos reconocer que la razón de que nos sintamos tristes, enojados, estresados, o lo que sea, es que estamos tomándonos la vida demasiado en serio. En lugar de subirnos las mangas y luchar contra la vida, detengámonos, respiremos profundamente unas cuantas veces y relajémonos: la vida no será un problema a menos que la convirtamos en un problema.

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