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miércoles, 20 de mayo de 2020

La religión del espíritu

Fuente: “El diario de Eliseo” de Juan José Benítez.

Es siguiente diálogo entre Jesús de Nazaret y sus discípulos está incluido, con algunas mínimas modificaciones, en el capítulo titulado “Luz”. Tiene lugar en la aldea de Luz cuando viajaban de Cesárea de Filipo a Sidón.


Sábado 11 de junio del año 29. Tras la cena, en torno al fuego...

—Pero, dime —prosiguió el incombustible Bartolomé—, ¿cómo será la religión del futuro?

El Maestro replicó al momento y convencido:

—Será la religión del espíritu…, o no será.

Alguien solicitó detalles:

—La religión del futuro —explicó el Galileo— será la religión de la experiencia personal.

—¿Y qué ocurrirá con la religión de nuestros padres y ancianos? —se interesó Mateo Leví.

El Maestro fue rotundo:

—Primero fue la religión del miedo —dijo—. Era la adoración del fuego, del rayo y de la luna. El ser humano sentía miedo. No comprendía el poder de la naturaleza y la adoraba. Después llegó la  religión de la autoridad y de la ley. En ella estamos. El ser humano confía en los sacerdotes y en las autoridades religiosas. Se levantan templos y se sacrifican animales para obtener el favor divino. El hombre queda sujeto a la norma escrita u oral. Es la servidumbre moral, aceptada por las criaturas temerosas que prefieren vivir en la comodidad de la obediencia ciega. Es la religión del dogma. Lo aceptas o estás fuera. Después llegará la verdadera religión: la del espíritu…

Todos esperaron —expectantes— a que el Hijo del Hombre dibujara esa futura religión. Y lo hizo:

—Algún día, cuando ese futuro llegue, los hombres experimentarán por sí mismos la fantástica y feliz experiencia de la búsqueda del Padre Azul. Y lo harán sin la necesidad de templos, de normas, de libros sagrados, de sacerdotes o de amenazas y castigos. Esa es la verdadera religión: la del espíritu, la de la entrega, la del amor sin condiciones…

El resplandor rojizo de la hoguera acarició el rostro del Maestro y lo transformó. Y Él prosiguió:

—La religión del espíritu te hará volar. No tendrás que rendir cuentas a nadie, solo a ti mismo. Tus constantes fracasos serán hallazgos. Un pequeño descubrimiento será la gloria. La soledad será tu premio… La religión del espíritu es la religión del arte, de la belleza, de la búsqueda aparentemente inútil y, sobre todo, la religión del amor. Si practicas esa religión, amarás por encima de todo y de todos. No importa el resto. No importa el qué dirán, no importará la religión del dogma. Llegará el día en el que aquella religión cristalizada será un difuso recuerdo. ¡Desaprende!

—Ahora entiendo —manifestó Andrés— por qué nos persiguen…

—Hasta que el hombre no descubra al Padre Azul —prosiguió el Galileo con creciente ardor—, todo será oscuridad, temor y vacilación. Y seguirá sometido a la religión de autoridad. Eso es lo fácil… Será la religión del espíritu la que eleve, definitivamente, a la sociedad y termine con las injusticias. En la religión del espíritu no existe el ansia de poder. En la cristalizada sí, ¡y de qué forma!... En la religión de autoridad muy pocos creen en el amor. La del espíritu solo funciona si hay amor… Será la religión del espíritu la que llevará a la unión de los pueblos.

—No comprendo, Señor —habló Pedro—. ¿Si fracaso en la religión del espíritu…, triunfo?

—Nada te dará mayor felicidad que un supuesto fracaso en la búsqueda de Ab-bā… ¿Sabes por qué?

Pedro le miró, atónito.

—Porque será tu búsqueda, no la de otros…

Pedro y el resto guardaron silencio. Comprendieron a medias.

—¿Podrías resumir, Señor, qué es la religión del espíritu? —intervino Tomás.

El rabí inspiró profundamente, contempló las ocho mil estrellas —casi podían tocarse son las manos— y declaró:

—Lucha, duda, conflicto, valor y amor…

Se puso en pie, alzó los brazos, y gritó con todas sus fuerzas:

—¡¡¡‘Ahab!!!... (¡¡¡Amor!!!).

Escuché el rápido aleteo de algunas rapaces nocturnas que escapaban entre los cedros. Y el perfume del bosque se transformó en un delicioso e intenso olor a mandarina, el símbolo de la ternura.

—¿Qué necesito para practicar esa religión? —se arriesgó Simón el Zelota.

—Curiosidad e inconformismo…

—Pero Moisés…

El comentario de Bartolomé quedó en el aire. El Maestro adivinó sus palabras y se adelantó:

—Esa religión, os lo repito, solo conduce al pasado.

—Pero los libros sagrados…

El rabí tampoco permitió que fructificara el comentario de Andrés.

—La religión del espíritu —denunció con valentía— no necesita libros sagrados…

Rectificó:

—O supuestamente sagrados… Es la chispa divina, la que os habita, a la que debéis oír… Ese es el gran libro santo.

Algunos movieron la cabeza negativamente. No terminaban de ver lo expuesto por el Hijo del Hombre.

Y el Maestro concluyó:

—Dejad, pues, que la nitzutz (chispa divina) os guíe… ¡Sentid al Padre Azul!... Y, sobre todo, no tratéis de demostrar que habéis encontrado a Dios… La sociedad no os entendería y, lo que es peor, no lo perdonaría… Dejad que cada cual cumpla su “contrato”.

Felipe tenía más dudas. Y se liberó de una de ellas cuando el Galileo se dirigía ya al campamento:

—Señor, ¿y cómo sabremos que alguien ha encontrado al Padre Azul?

El rabí puso sus manos sobre los hombros de Felipe y contestó:

—Por sus frutos.


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