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miércoles, 10 de abril de 2024

Sobre la autoestima infantil


Fuente: “Cuentos afilados en noches extrañas y otras puñaladas” de Bebi Fernández. (Título original del cuento: “Lo que de verdad importa).

«Naiara siempre se caía al suelo. Cada vez que, en el patio, los niños jugaban al pilla-pilla, clase contra clase, terminaba tropezándose con alguna baldosa y raspándose las rodillas o doblándose un pie. Todo el mundo sabía ya desde el comienzo de la jornada escolar, a las nueve de la mañana, que la niña terminaría con alguna herida aquel día.

—Siempre estás en el suelo —le recriminaba su monitor de comedor.

—¡Profe! ¡Naiara ya se ha caído otra vez! —avisaban a gritos los niños a la profesora de turno de vigilancia en el recreo.

Entonces llegó Luna. Luna sustituyó a uno de los monitores de comedor aquel trimestre, en primavera. Abril fue muy lluvioso, y a Luna le gustaba plantear a los alumnos problemas de lógica y adivinanzas los días de lluvia, que resolvían juntos aunando ingenio de cada niño, formando un equipo. Durante los enigmas, descubrió que una de las alumnas era muy buena en matemáticas, pero también descubrió, tras fijar su atención en ella, que nadie reparaba en ello porque todo el mundo la tachaba de patosa e inestable. La respuesta a cómo era Naiara era siempre la misma: la que siempre se cae.

—Naiara, profe, la chica que se cae, ¡se está peleando con Sergio!

Incluso usaban su falta de equilibrio para burlarse de ella o como arma arrojadiza durante una discusión entre niños:

—¡Naiara, tú cállate! ¡Que siempre te caes! ¡Patosa!

La verdad es que a Luna no le parecía que se cayera tantísimo. No difería mucho de cuánto se caían otros compañeros. Quizá un poco más, pero su fama la precedía en exceso. Opinaba que, tras la elaboración e instauración de aquel rol, la niña se debía a él, así que caía el doble. Era lo que todos esperaban. Era como todos la veían. Y ella se veía como la hacían verse. Si todo el mundo te dice que le recuerdas al color azul, acabas pensando que hay algo azul en ti.

Así que Luna fijó una estrategia. Comenzó a destacar la capacidad de aquella niña para la adivinación, el cálculo y la lógica. La nombró su ayudante durante las tardes de enigmas de lluvia y, siempre que podía, repetía a ella y a otros niños lo buena que era en matemáticas. Si Luna quería hacer algún cálculo, vociferaba delante de todos:

—¡Naiara! ¿Cuánto son cuarenta más ochenta y siete?

A la niña le costaba un poco al principio, pero, al final, se acostumbró a ser la calculadora oficial de su monitora, costumbre que siguieron los niños.

Al finalizar el curso, Luna decidió hacer una sesión de Quién es quién. El niño elegido recibía escrito en un papel el nombre de otro. El elegido debía destacar algo de ese niño, algo que lo identificara mucho, y los demás debían adivinar quién era a través de la pista.

Llegó el turno de Tomi. Luna eligió un nombre para que lo describiera. “Naiara”, escribió. Dobló el papel. Tomi se acercó a la mesa, lo recogió y, sin que nadie pudiera ver lo que había escrito en él, leyó el nombre para sí. Rápidamente dijo en voz alta:

—¡Es la mejor en matemáticas!

Los otros niños comenzaron a mirarse entre sí con excitación, y muchos se adelantaron a dar el veredicto antes de levantar la mano para pedir turno. Naiara asintió sonriente cuando sus compañeros pronunciaron su nombre con unanimidad, corroborando la verdad. Aquel año, nadie supo por qué, dejó de caerse al suelo».


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