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lunes, 23 de marzo de 2026

Relatos de los Padres del Desierto (I)

Imagen creada con IA por Microsoft Designer (22-02-2026).

Los Padres del Desierto fueron monjes, ermitaños y anacoretas cristianos que se retiraron a los desiertos de Egipto, Palestina y Siria, entre los siglos III y IV, para buscar a Dios a través de la oración, el ascetismo y la soledad. El más conocido fue San Antonio Abad.

Paulo Coelho publicó algunas historias sacadas del “Verba Seniorum” (Palabras de los Ancianos) o “Apophthegmata Patrum” (Dichos de los Padres), colección de sentencias, anécdotas y preceptos atribuidos a los Padres del Desierto y que transmiten la sabiduría ascética, espiritual y de convivencia de los primeros ermitaños cristianos. Estos textos se encuentran integrados en la gran recopilación conocida como “Vitae Patrum” (Vidas de los Padres).

Fuente: Estos relatos están incluidos en “Cuentos seleccionados” de Paulo Cohelo.

La ciudad del otro lado

Un ermitaño del monasterio de Esceta se aproximó al Abad Teodoro.

—Sé exactamente cuál es el objetivo de la vida. Sé lo que Dios pide al hombre y conozco la mejor manera de servirlo. Y a pesar de eso, soy incapaz de hacer todo lo que debería estar haciendo para servir al Señor.

El abad Teodoro permaneció un largo tiempo en silencio. Finalmente dijo:

—Tú sabes que existe una ciudad al otro lado del océano. Pero aún no has encontrado el barco, no has subido tu equipaje y no has atravesado el mar. ¿Por qué estar hablando de ella, o de cómo debemos caminar por sus calles?

Saber el objetivo de la vida o conocer la mejor manera de servir al Señor no basta. Pon en práctica lo que estás pensando y el camino se mostrará por sí mismo.


Juzgando a mi prójimo

Uno de los monjes de Esceta cometió una falta grave y llamaron al ermitaño más sabio para que pudiera juzgarla.

El ermitaño rehusó, pero insistieron tanto que terminó yendo. Llegó allí, cargando en la espalda un balde agujereado de donde se escurría arena.

—Vine a juzgar a mi prójimo —dijo el ermitaño al superior del convento—. Mis pecados se están escurriendo detrás mío como la arena se escurre de este balde. Pero como no miro hacia atrás y no me doy cuenta de mis propios pecados, ¡fui llamado para juzgar a mi prójimo!

Al escucharlo, los monjes desistieron de aplicar el castigo.


Comportarse como los demás

El Abad Pastor caminaba con un monje de Esceta cuando fueron invitados a cenar. El dueño de la casa, que se sentía honrado por la presencia de los padres, mandó servir lo mejor que tenían.

No obstante, el monje estaba en período de ayuno; cuando llegó la comida, tomó un guisante y lo masticó lentamente. Y solo comió ese guisante durante toda la cena.

Al salir, el abad Pastor lo llamó:

—Hermano, cuando vayas a visitar a alguien, no conviertas tu santidad en una ofensa. La próxima vez que estés en período de ayuno, no aceptes convites para comer.

El monje entendió lo que el abad Pastor decía. A partir de ese momento, siempre que estaba con otras personas, se comportaba como ellas.