A veces basta una palabra que duele, un conflicto en casa, un mal día en el trabajo o una discusión con alguien cercano y, de pronto, sin darnos cuenta, saltamos, subimos el tono o atacamos para no sentirnos vulnerables. No es que seamos así. Es que nuestro sistema nervioso está en modo defensa. Reaccionamos porque estamos cansados, tensos o heridos y el cerebro, cuando se siente amenazado, busca protegerse.
La gran noticia es que entre lo que nos ocurre y nuestra respuesta, existe un pequeño espacio en el que vive nuestra libertad y en ese instante en el que notamos que nos “encendemos”, podemos elegir otra respuesta y decidir quienes queremos ser. Esto no significa “hacer como si no pasara nada”. No se trata de negar lo que duele. Se trata de elegir lo que construye. Una cosa es el dolor y otra es lo que hacemos con él.
En medio de un conflicto, lo fácil es reaccionar, pero, responder con amor, desde nuestra mejor versión, denota fuerza interior y coraje, aunque muchas personas lo confundan con debilidad.
Tenemos que empezar a practicar. Cuando una situación cotidiana nos altere y nos incomode, respiremos una vez lento y probemos a responder con un poco más de calma, de escucha o amabilidad. A veces, lo que transforma un momento son pequeños gestos: hablar un poco más suave, hacer una pausa antes de contestar, escuchar sin interrumpir, decir: “ahora mismo estoy tenso, dame un momento” o, incluso, ofrecer cercanía: una mano en el hombro, una mirada limpia…
Puede parecer poco, pero nuestro cerebro lo entiende como un mensaje claro: “No estoy en guerra” y comprobaremos que no necesitamos controlar todo, para sentirnos mejor.
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