Al amanecer, un jardinero se puso a podar sus árboles frutales. Entre ellos había uno al que le habían crecido muchas ramas, por lo que el jardinero temió que diera poco fruto. Así que empezó a podarlo cortando aquí y allá. Cuando terminó, al árbol solo le quedaban unas cuantas ramas. El jardinero miró con ternura al árbol, pues estaba muy triste y lastimado y le pareció oír que le decía:
«¿Cómo has podido ser tan cruel conmigo, tú que me plantaste, me has cuidado desde que solo era un retoño y dices ser mi amigo? ¿No has visto cuánto había crecido? Ya estaba casi tan alto como los otros árboles y en poco tiempo hubiera llegado a ser como ellos, pero me has cortado las ramas, he perdido mis hojas y mi dignidad ante los demás árboles del huerto».
El jardinero escuchó las quejas del árbol con compasión y le respondió con toda bondad: «No llores. Tú no eres un árbol de sombra ni de los que dan abrigo a las aves entre sus ramas. Yo te planté para que dieras frutos. De ellos, aunque altos y frondosos, no podría obtenerlos. Lo que hice era necesario. Si hubiera permitido que siguieras creciendo como ibas, toda tu fuerza se hubiera ido en las ramas, tus raíces no hubieran desarrollado firmeza y se hubiera frustrado el propósito por el que te traje a mi huerto. No debes llorar, pues todo será para tu bien y, algún día, cuando estés cargado de frutos exquisitos, me lo agradecerás y dirás: “mi jardinero era sabio y de veras me amaba. Él sabía el propósito de mi existencia y ahora le agradezco lo que entonces creí que era crueldad”».
“No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Quien tenga oídos que oiga.
- El árbol confundido
- El árbol de la Mentira
- El árbol de los problemas
- El plantador de dátiles
- Por sus frutos los conoceréis
