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sábado, 11 de julio de 2026

El jardinero y el árbol frutal

Imagen, modificada, de “neelam279” en Pixabay.

Adaptación de la parábola incluida en el libro “Búsqueda eterna” de Hugh B. Brown.

Al amanecer, un jardinero se puso a podar sus árboles frutales. Entre ellos había uno al que le habían crecido muchas ramas, por lo que el jardinero temió que diera poco fruto. Así que empezó a podarlo cortando aquí y allá. Cuando terminó, al árbol solo le quedaban unas cuantas ramas. El jardinero miró con ternura al árbol, pues estaba muy triste y lastimado y le pareció oír que le decía:

«¿Cómo has podido ser tan cruel conmigo, tú que me plantaste, me has cuidado desde que solo era un retoño y dices ser mi amigo? ¿No has visto cuánto había crecido? Ya estaba casi tan alto como los otros árboles y en poco tiempo hubiera llegado a ser como ellos, pero me has cortado las ramas, he perdido mis hojas y mi dignidad ante los demás árboles del huerto».

El jardinero escuchó las quejas del árbol con compasión y le respondió con toda bondad: «No llores. Tú no eres un árbol de sombra ni de los que dan abrigo a las aves entre sus ramas. Yo te planté para que dieras frutos. De ellos, aunque altos y frondosos, no podría obtenerlos. Lo que hice era necesario. Si hubiera permitido que siguieras creciendo como ibas, toda tu fuerza se hubiera ido en las ramas, tus raíces no hubieran desarrollado firmeza y se hubiera frustrado el propósito por el que te traje a mi huerto. No debes llorar, pues todo será para tu bien y, algún día, cuando estés cargado de frutos exquisitos, me lo agradecerás y dirás: “mi jardinero era sabio y de veras me amaba. Él sabía el propósito de mi existencia y ahora le agradezco lo que entonces creí que era crueldad”».

“No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Quien tenga oídos que oiga.