«En una ocasión las flores se pusieron enfermas. No les faltaba agua, ni aire, ni sol, pero de repente se empezaron a mustiar, luego empezaron a perder el color, después se les cayeron algunos pétalos y muchas hojas…, de tal manera que parecían hallarse en peligro de muerte.
—Están enfermas porque están tristes —dijo el poeta oficial de la nación—, y están tristes porque nadie les habla.
Entonces el gobierno organizó escuadrones de poetas para que se pasaran el día en parques y jardines, prados y bosques, y leyeran sus más delicados poemas a las flores.
¡Oh flor hermosa
cual bella rosa…!
Los poetas se pasaban el día recitando poemas delicadísimos a las flores.
¡Oh violeta
bella y coqueta…!
Pero las flores, al escuchar la lectura de esos poemas y otros parecidos, se ponían todavía más tristes, mustias y descoloridas.
—No acierto a adivinar qué necesitan para reanimarse… —exclamó el poeta oficial de la nación.
Y un cardo borriquero, que es de las plantas más resistentes junto a los cactos, porque almacenan humedades, aleja a los curiosos con sus pinchos y solo da flores de color púrpura de vez en cuando, o sea cuando le apetece, dijo con un hilillo de voz porque se había quedado como un saco vacío:
—¡Aunque las plantas tengamos las flores en el aire mirando al cielo, tenemos las raíces en la tierra y necesitamos también abono, algo de estiércol para alimentar la belleza de las flores y hacerles subir los colores a la cara! No todo el monte es orégano.
Y, entonces, llegaron jardineros robustos que abonaron la tierra de las flores mientras cantaban canciones divertidas, improvisadas y alegres como la que dice:
Fango, barro y basura
hacen la flor más pura.
Basura, fango y barro
las libran del catarro.
Barro, basura y fango
y a bailar el fandango.
Para que la flor no se pierda
hay que abonarla con… 💩
Y todas las flores se pusieron alegres y recobraron la lozanía y los colores».
- Cuento del fin de los cuentos
- Cuento final
- El gusano de luz sin luz
- La avispa enfadada
- La hiena que no sabía reír
