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viernes, 18 de agosto de 2017

Kintsukuroi

Fuentes: Wikipedia y “Kintsukuroi. El arte de curar heridas emocionales” de Tomás Navarro.


Kintsugi o Kintsukuroi es una técnica de origen japonés para arreglar la cerámica que se ha roto con barniz de resina espolvoreado o mezclado con polvo de oro, plata o platino. Este arte japonés de recomponer la cerámica, forma parte de una filosofía que plantea que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto y, en lugar de ocultarse, deben mostrarse, embellecer el objeto y poner de manifiesto su transformación e historia.

Los maestros kintsukuroi no recomponen una pieza de cerámica rota disimulando los pedazos que se han unido, sino que resaltan el principal valor de una pieza reconstruida: su cicatriz. Por eso, la reparan rellenando las grietas con oro o plata.

En la vida, a veces, las cicatrices son inevitables. No tenemos que avergonzarnos de nuestras cicatrices. No tenemos que taparlas, porque en ellas tenemos la mejor muestra de nuestra fortaleza. Depende de nosotros que las tratemos con respeto y que las embellezcamos.

Cuando nos sintamos perdidos, desilusionados, faltos de coraje o simplemente cansados, nuestras cicatrices embellecidas pueden darnos el impulso, la fuerza y el valor necesarios para seguir viviendo.



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viernes, 11 de agosto de 2017

Defender la propia identidad

Fuente: “Maravillosamente imperfecto, escandalosamente feliz” de Walter Riso.

Todos tenemos una naturaleza que compartimos con nuestra especie, pero también tenemos unas características que nos son propias, una esencia que nos define. Esos atributos y ese carácter son nuestra identidad.

Es verdad que no es inmutable y que podemos moldearnos a nosotros mismos, pero existe un núcleo duro formado por dos capacidades, que nos acompañarán siempre: nuestra capacidad de amar y nuestra capacidad de pensar en lo que pensamos. Ambas son un regalo y hemos de hacerlas nuestras: desarrollándolas, explotándolas, estrujándolas hasta sacarle el mayor aprendizaje posible y, sobre todo, disfrutando la dicha de tenerlas.

La identidad no se negocia, sino que se defiende, se cuida y se potencia. Cuando se descubre, se entra en un estado de tranquilidad y equilibrio interior.


La naturaleza del alacrán

Había una vez un maestro oriental que, viendo cómo un alacrán se estaba ahogando, decidió sacar al animalito del agua. Pero cuando lo hizo, el alacrán le picó.

Ante el dolor lo soltó, por lo que el animal de nuevo se estaba ahogando. Entonces intentó sacarlo y otra vez le volvió a picar.

Alguien que le observaba le dijo:

—¿Cómo es tan terco? ¿No comprende que cada vez que lo saque del agua le va a picar?

Entonces el maestro oriental le respondió:

—La naturaleza del alacrán, que es picar, no va a cambiar mi naturaleza, que es ayudar.

Entonces sacó al animalito del agua con la ayuda de una hoja.


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viernes, 4 de agosto de 2017

La última cena

Fuente: “La culpa es de la vaca. 2ª parte” de Jaime Lopera Gutiérrez y Marta Inés Bernal Trujillo.


Leonardo Da Vinci tardó en pintar “La última cena” siete años. Las imágenes que representan a Jesús y a los doce apóstoles, al parecer, fueron retratos de personas reales. Cuando se supo que Da Vinci pintaría esta obra, cientos de jóvenes se presentaron ante él para ser modelos. Leonardo seleccionó en primer lugar a la persona que representaría a la figura de Cristo. Buscaba un rostro bien parecido, libre de rasgos duros, que reflejara una personalidad inocente y pacífica. Finalmente, seleccionó a un joven de diecinueve años.

Leonardo trabajó durante casi seis meses para pintar al personaje principal de esta formidable obra. Durante los siguientes años, continuó su obra buscando a las personas que representarían a los doce apóstoles, dejando para el final a la que hiciera de modelo para Judas.

Durante muchas semanas buscó a un hombre con un rostro marcado por la decepción, con una expresión dura y fría, que identificara a una persona capaz de traicionar a su mejor amigo.

Después de muchos intentos fallidos en la búsqueda de este modelo, llegó a los oídos de Leonardo que existía un hombre con estas características en el calabozo de Roma. Este hombre estaba sentenciado a muerte por diversos robos y asesinatos. Da Vinci fue a visitarlo y vio ante él a un hombre de largos cabellos, que ocultaban su rostro y unos ojos llenos de rencor y odio: al fin había encontrado a la persona que hiciera de modelo para Judas.

El prisionero fue trasladado a Milán. Durante varios meses este hombre se sentó silenciosamente frente a Leonardo, que plasmaba en su obra al personaje que había traicionado a Jesús. Cuando le dio la última pincelada a su obra, se dirigió a los guardias del prisionero y les dijo que se lo llevaran. Cuando salían del recinto, el prisionero se soltó de los guardias y corrió hacia Leonardo Da Vinci gritándole:

—¡Da Vinci! ¡Obsérvame! ¿No reconoces quién soy?

Leonardo Da Vinci lo estudió cuidadosamente y le respondió:

—Nunca te había visto en mi vida hasta aquella tarde en el calabozo de Roma.

El prisionero levantó los ojos al cielo, cayó de rodillas y gritó desesperadamente:

—¡Leonardo Da Vinci, mírame: soy el joven cuyo rostro escogiste hace siete años para representar a Cristo!


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