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miércoles, 3 de abril de 2024

Telefonear


Fuente: “Somos lo que hablamos” de Luis Rojas Marcos.

El psicólogo suizo Jean Piaget (1896-1980), denominó “lenguaje social” al que utilizamos desde pequeños para identificar objetos, describir situaciones, informar y expresar deseos y sentimientos.

Hablar por teléfono es una de las modalidades del lenguaje social.

Antonio Meucci, un ingeniero italiano emigrado a Nueva York, construyó en 1854 el primer teléfono en su casa intentando comunicarse desde su despacho, localizado en la planta baja de su vivienda, con su esposa, inmovilizada por el reumatismo en el dormitorio del segundo piso. Lo consiguió utilizando un largo cable electrificado en cuyos extremos había colocado una membrana vibradora. Sin embargo, no se percató de la trascendencia de su invención y tuvieron que pasar dos décadas hasta que Alexander Graham Bell patentó el gran invento.

Como es fácil de suponer, poder conversar a distancia por medio de señales eléctricas fue un invento de consecuencias inimaginables para la humanidad. Realmente, hoy en día es imposible concebir nuestra vida cotidiana, nuestras relaciones y el funcionamiento de la sociedad sin este prodigioso instrumento.

Apenas un siglo después de Bell, en 1973, un directivo de la compañía Motorola realizó públicamente la primera llamada con un teléfono sin cable, el móvil, desde una calle de Nueva York. Poco después, estos aparatos comenzaron a comercializarse y a multiplicarse por todo el mundo. A finales de la década de los años noventa, los avances tecnológicos e internet permitieron además la creación de plataformas o aplicaciones para la comunicación online a cualquier hora del día o de la noche. Hoy, las redes sociales como Facebook, YouTube, Instagram, Twitter, LinkedIn y otras muchas cuentan con más de 6.000 millones de usuarios.

“Tuitear”, “googlear” o “guasapear” son ejemplos de la nueva generación de verbos que definen la comunicación instantánea mediante mensajes de texto y de voz.

Sin embargo, por mucho que el teléfono se haya instalado con firmeza en nuestras vidas, hablar a través de él es muy diferente a hablar en persona. De entrada, es difícil construir una relación con otra persona sin experimentar la suficiente proximidad física, ya que la conversación y los intercambios significativos incluyen no solo las palabras, sino también las expresiones faciales, los gestos y el estado emocional que refleja el lenguaje corporal. Por otra parte, el uso del teléfono no es fácil para algunas personas: no es una habilidad espontánea sino algo que tienen que aprender, empezando por superar la ansiedad que les produce comunicarse sin ver en persona a su interlocutor. No obstante, también son muchos los que usan el móvil para evitar conscientemente las relaciones personales.

En todo caso, lo importante no es la tecnología, sino el uso que hacemos de ella. Los beneficios evidentes de facilitar la comunicación a distancia, obtener información y mejorar nuestra capacidad de movimiento quedan en entredicho cuando el teléfono se convierte en el instrumento que nos mantiene aislados en un mundo sin comunicación cara a cara.

El daño principal del uso abusivo del móvil se debe al valioso tiempo que nos roba día tras día, restándoselo a actividades socializadoras, estimulantes y creativas que son tan necesarias para la convivencia y el desarrollo emocional saludable.

El teléfono móvil se ha convertido en un objeto tan omnipresente en nuestra vida que incluso abundan las reglas de etiqueta para su uso. Quizá la primera sea la que nos advierte que la persona con quien estamos físicamente debe ser nuestra prioridad absoluta: si estamos sentados a la mesa, la norma es guardar el móvil y ponerlo en silencio durante toda la comida. Y si alguien nos llama con urgencia, lo correcto es disculparnos y apartarnos un instante de la mesa para hablar.

En cuanto a la salud, recordemos que su uso continuado puede disminuir nuestra capacidad de concentración y de retener información, además de aumentar el riesgo de obesidad. Por si fuera poco, emplear el móvil antes de dormir altera el sueño e interfiere con el buen descanso. Y usarlo en el dormitorio cuando estás con tu pareja puede arruinar la relación.

Sin duda, el uso universal del teléfono móvil, en cualquiera de sus formas, ha acercado a los pueblos más alejados y ha convertido al planeta en un gigantesco vecindario dinámico, fluido, diverso y rebosante de personas conectadas. Pero también es verdad que no faltan quienes tiemblan ante ciertos efectos de la globalización, como la pérdida de la identidad cultural o el dominio económico de las naciones más poderosas.

La inevitable globalización que fomenta la tecnología no está reñida con la individualidad y autonomía de las personas ni con sus valores. De hecho, son legión quienes afirman que gracias a los teléfonos móviles y a las redes sociales sus relaciones con amigos y familiares han mejorado, las oportunidades de entablar nuevas amistades se han multiplicado y el intercambio global de información ha sido enriquecedor.


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