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sábado, 29 de octubre de 2011

Neurotrofinas para desarrollar el cerebro


Los órganos del cuerpo humano necesitan, para crecer y mantenerse sanos, de sustancias específicas, sin las cuales sus células mueren.

En el cerebro esas sustancias son las neurotrofinas, principales responsables de que este órgano disponga de neuronas activas y efectivas.

La primera neurotrofina fue descubierta por Rita Levi-Montalcini, en 1951, y permitió demostrar que las neuronas son las constructoras de sus propias redes para lo cual requieren, precisamente, de estas sustancias.

En la actualidad, las deficiencias de neurotrofinas están involucradas en diferentes enfermedades, como la epilepsia, la enfermedad de Alzheimer, la de Parkinson y la depresión.

Aunque la gran mayoría de las neuronas en el cerebro de los mamíferos se forman antes de nacer, las partes del cerebro adulto (por ejemplo, el hipocampo) mantienen la capacidad de sintetizar nuevas neuronas a partir de células madre en un proceso llamado neurogénesis. Las neurotrofinas son sustancias químicas que ayudan a estimular y controlar la neurogénesis.

Las neurotrofinas, o factores neurotróficos, son una familia de proteínas formada por el factor de crecimiento nervioso (NGF, del inglés nerve growth factor), el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF, del inglés brain-derived neurotrophic factor), la neurotrofina-1 (NT-1), la neurotrofina-3 (NT-3) y la neurotrofina-4 (NT-4).

Mark Tuszynski, de la universidad de California, demostró que uno de los factores integrado en esa familia de proteínas -conocido como BDNF- evitaba la muerte neuronal en modelos de lesiones cerebrales en primates y ratas, y también la disfunción cognitiva en ratas y primates de edad avanzada. El BDNF se considera, además, importante para la memoria a largo plazo.

La actividad física es uno de los recursos efectivos para aumentar los niveles de neurotrofinas. En experimentos realizados con ratas, se observó que después de varios días de hacerlas correr en una rueda al menos 1 o 2 km. por día, los niveles de neurotrofinas aumentaban el número de las neuronas del hipocampo, una estructura relacionada con la memoria. Lo mismo sucedería en el ser humano.

Otra forma de incrementar las neurotrofinas cerebrales es hacer trabajar al cerebro para que fabrique mayores cantidades de estas sustancias. Es decir, cuanto más activas estén las células del cerebro, más cantidad de neurotrofinas producirán y esto generará, a su vez, mayores conexiones entre las distintas áreas del cerebro.

La consecuencia será un cerebro con mejor funcionamiento, una mejor memoria y un mejor estado de ánimo.

La mayoría de las actividades que cualquiera de nosotros realiza a diario consisten en una serie de rutinas que hacen que el cerebro funcione automáticamente, con un mínimo de desgaste, para lo cual requiere un mínimo de energía.

En otras palabras, las actividades rutinarias son inconscientes, las experiencias pasan por las mismas carreteras neuronales ya formadas y no hay producción de neurotrofinas.

Al cerebro, conviene hacerlo “correr” con acciones nuevas y diferentes.

Para Iván Izquierdo, prestigioso neurocientífico argentino, la mejor recomendación es leer, leer y leer pues con la lectura se activan todas las regiones de la corteza cerebral.

Con el mismo fin, el Centro de Neurobiología del Duke University Medical Center (EEUU) propone una serie de ejercicios sencillos que servirían para estos fines, en una suerte de Pilates cerebral. Como ejemplos:

1. Intentar ducharse con los ojos cerrados: localizar los grifos, ajustar la temperatura del agua, buscar el jabón y encontrar el champú.

2. Utilizar la mano no dominante para comer, escribir, destapar el dentífrico o lavarse los dientes.

3. Leer en voz alta para activar otros circuitos cerebrales que cuando se lee en silencio.

4. Cambiar los itinerarios y tomar diferentes caminos para ir al trabajo o volver a casa.

5. Modificar las rutinas y cambiar la ubicación de los objetos cotidianos de uso.

6. Aprender algo nuevo: informática, fotografía, cocina, yoga, baile o un idioma.

7. Identificar objetos sin mirarlos. Por ejemplo, reconocer con el tacto el valor de las monedas que están en el bolsillo.

8. Hacer cosas diferentes. Salir, conversar con personas de diferentes edades, trabajos e ideologías. Usar las escaleras en lugar del ascensor. Salir al campo, caminar...


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