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martes, 25 de octubre de 2016

La sabiduría del chófer

La siguiente anécdota se recoge en el libro “El arte de pensar” del escritor suizo Rolf Dobelli. Al parecer, la anécdota fue contada por el americano Charlie Munger, uno de los más importantes inversionistas y hombres de negocios del mundo, para hablar sobre la existencia de dos tipos de conocimiento: el auténtico, el de las personas que han dedicado gran tiempo y trabajo inteletual en conseguirlo, y lo que él denomina el “conocimiento del chófer”, es decir, el conocimiento superficial de las personas que simulan saber y recitan palabras y conceptos con gran elocuencia. Por desgracia, resulta cada vez más difícil diferenciar el conocimiento auténtico del conocimiento del chófer.


El alemán Max Planck (1858-1947) fue uno de los padres de la mecánica cuántica. Recibió el Premio Nobel de Física en 1918. Como gran científico y Nobel, era reclamado para dar conferencias en diversas ciudades de Alemania. A Planck lo acompañaba su chófer que, sentado en primera fila, durante meses, se vio obligado a escuchar su conferencia sobre mecánica cuántica.

Con el tiempo, surgió entre ambos una sincera amistad. Un día, el chófer le comentó al científico que debía ser muy aburrido estar contando una y otra vez lo mismo y que él había escuchado su ponencia tantas veces, que se sentía capaz de dar la conferencia. La próxima conferencia sería en Munich y le propuso intercambiar los papeles: él daría la charla de mecánica cuántica y Planck se pondría la gorra de chófer y se sentaría en primera fila a escucharle. Al físico le pareció divertido, aceptó el juego e intercambiaron los papeles. Hemos de señalar que en esos tiempos, era difícil que los asistentes conocieran a ciencia cierta cómo era el científico ya que su imagen solo se conocía por algunos periódicos.

El chófer dio a la perfección una conferencia magistral hasta que llegó el tiempo dedicado a las preguntas. El hombre, con poco dominio sobre física cuántica, se vio acorralado con la primera. Dotado de suficientes recursos retóricos, tras vacilar un momento, respondió, algo indignado, que la pregunta le parecía tan simple que, señalando al verdadero Planck, hasta su chófer podría responderla. En ese momento hizo subir al verdadero profesor.

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