En un proyecto secreto, conocido como “Caballo de Troya”, dos pilotos de la Fuerza Aérea Norteamericana viajan en el tiempo al año 30 de nuestra era, a Judea, para comprobar cómo fueron los últimos días de Jesús de Nazaret. Fascinados por su figura y pensamiento, deciden acompañar al Maestro durante su vida pública. Para ello, actúan al margen de lo establecido en la operación. Jasón y Eliseo, así son conocidos los dos pilotos, retroceden al mes de agosto del año 25 de nuestra era. Buscan a Jesús y lo encuentran en el monte Hermón, permaneciendo con Él durante cuatro semanas.
Todos los días, Jesús se marchaba al amanecer hacia los ventisqueros y solía volver sobre las tres o las cuatro de la tarde. Siempre volvía alegre, renovado, casi transfigurado… y, tras la cena, todas las noches, las ansiadas tertulias…
7 de septiembre del año 25. Tercera semana en el Hermón.
Eliseo, deseoso de retornar al tema capital, volvió por sus fueros.
—Señor, si el cuerpo se queda aquí, en la tierra, ¿qué sucede con la memoria? Cuando pase al “otro lado”, cuando tus ángeles me resuciten, ¿recordaré?
El Maestro, dulcificando el tono, replicó:
—En el “otro lado” recordarás y serás recordado. Reconocerás y serás reconocido. Ninguna de tus cualidades se perderá.
—¿Recordaré todo?
—Todo lo que merezca la pena. Todo lo que te haya emocionado y servido para prosperar. El resto, las tendencias puramente animales, los vicios y los defectos desaparecerán con el cerebro físico
—Por cierto, Señor, ¿veremos allí a nuestros padres?
—Por supuesto, Jasón. A tus padres y a todos sus seres queridos. Ellos te ayudarán, pero, insisto, aquel lugar no es como este. Allí no existen los lazos familiares, tal y como vosotros los interpretáis aquí, en la Tierra. En esa nueva realidad, en “MAT-1”, como tú dices, el Amor es tan pleno, intenso y limpio que los pequeños Dioses no echan de menos los antiguos y limitadísimos afectos humanos. Vuestra alma inmortal, libre al fin, quedará tan deslumbrada que nada de lo que ahora estimáis como prioritario os hará sombra.
—¿“Chispa” y alma inmortal son la misma cosa?
—No, Jasón, no son lo mismo. Pero no te atormentes. Todo será revelado… en su momento. Esa presencia divina, la “chispa”, cuando mueras, se ocupará de custodiar tu memoria. Ella la mantendrá a salvo hasta el momento de tu resurrección. La mente, como parte integrante de tu cerebro físico, se disolverá con el cuerpo.
Entonces, retornando a mi pregunta, completó:
—El alma inmortal es otra criatura, independiente de la memoria y de la mente física. El alma es acogida tras la muerte por tu ángel guardián. Él la mima y la conserva, también hasta el sublime instante de la resurrección.
Difíciles palabras, pero eran sus palabras. Y creímos lo que decía.
Sonrió compasivo y recalcó:
—Tened calma. Mi Padre es sabio. Él sabe… Confía en mí.
—Señor —lo interrogué perplejo—, ¿y qué sucede en el instante exacto de la resurrección?
—Sencillo: alma y memoria se reúnen. Y caminan juntas… para siempre.
—¿Y la “chispa”?
—También te lo dije: no te abandona jamás. Es es tercer “viajero” hacia la Perfección.
—Y ese “viaje”, Señor, ¿cuánto dura?
—Si lo expreso en términos humanos, no lo comprenderías.
—¿Me aburriré?
—Lo dudo…
—¿Y cuánto tiempo permaneceré como “MAT-1”?
—Lo justo y necesario. No mucho…
—Señor, ¿qué te ocurre? Estás muy lacónico.
—Compréndelo. No está bien que me tires de la lengua…
Eliseo, como siempre, no escuchó.
—¿Y después? ¿Qué pasará cuando, al fin, sea un “hombre-luz”?
—¡Sorpresa!
—Entiendo…Veré al Jefe.
El Maestro, malévolo, negó con la cabeza.
—¿No? ¡Pues sí que está lejos!
—Por cierto, Señor —intervine, planteando un asunto que, al menos para mí, no había quedado claro—, en esos mundos, al pasar de un “MAT” a otro, ¿se muere de nuevo?
El Galileo sonrió y, mirándome como a un niño, sentenció rotundo:
—No.
—Entonces, solo se muere una vez…
—Exacto. Os lo he dicho: Ab-bā es poderoso, pero prefiere la imaginación. Decidme: ¿sabéis de algo en la Naturaleza que se repita?
Silencio.
—No —me rendí—, que yo sepa, nada es igual.
—Muy bien, Jasón. ¿Y por qué el fenómeno de la muerte iba a ser una excepción? Tu Padre “sabe”…
—¿Por qué nadie vuelve después de la muerte?
—Te equivocas. Yo lo haré.
— Ya me entiendes… Me refiero a los seres humanos.
— Son las reglas. Vosotros también tenéis las vuestras…
—Qué cielo más raro…
—No, eso no es el cielo. Os lo dije: tenéis una idea equivocada. El cielo, el Paraíso, está mucho más allá. Ahora es imposible que captéis su auténtica naturaleza. En los mundos que os aguardan tras la muerte tan solo intuiréis esa inmensa, inmensa maravilla.
—¡Dios bendito! —estalló mi amigo—. ¿Cómo vamos a transmitir todo esto a nuestro mundo? La ciencia no lo aceptará…
—Mis queridos hijos: ¡dejad en paz a la ciencia! No estáis aquí para convencer a nadie. Solo para transmitir. Dejad que la verdad toque los corazones. Con eso es suficiente.
Eliseo, terco no aceptó. Entonces rememorando el vuelo de la bella mariposa que se posó en su vara, Jesús de Nazaret puso un elocuente ejemplo:
—Queridos míos, la filosofía que rige los universos no puede ser entendida por la inteligencia material. Nos os preocupéis…
Respondedme: si los hombres de ciencia no tuvieran la posibilidad de comprobar la metamorfosis de una mariposa, ¿aceptarían que esa criatura ha sido primero una oruga? Dejad que pasen al “otro lado”. Entonces verificarán que las leyes que gobiernan esas otras realidades son tan físicas y rígidas como las del tiempo y el espacio. La sorpresa, entonces, los desconcertará. Vosotros sois testigos. El Hijo del Hombre, una “oruga” más, hará el milagro y se convertirá en “mariposa”
Insisto: limitaos a ser mensajeros de mi palabra.
—Por cierto, Señor, ya que lo mencionas, tenemos una ligera idea, pero nos gustaría confirmarlo… ¿Qué ocurrió, perdón, que ocurrirá, con tus restos mortales? ¿Cómo desaparecerán de la tumba?
—Cosa de ángeles…
Esbozó una pícara sonrisa y añadió:
—Tendréis que preguntárselo a ellos. Yo no tuve nada que ver.
Titubeó unos instantes y redondeó:
—Mejor aún: interrogaos a vosotros mismos. En cierto modo también sois ángeles y conocéis esas “técnicas”.
Entendí. Casi sin palabras, el Maestro vino a ratificar nuestras sospechas. La misteriosa desaparición del cuerpo obedeció, muy probablemente, a una “manipulación” del tiempo. Alguien, sus ángeles, “condensó” o “concentró” en décimas o centésimas de segundo los años que hubieran sido necesarios para ultimar un proceso normal de putrefacción. Y la materia orgánica, mágicamente, se extinguió.
—No caigáis en el error de asociar ese gesto de piedad y respeto, por parte de los míos, con la realidad de mi vuelta a la vida. Mi resurrección no depende de nadie. Yo soy la Vida.
Mensaje recibido.
Y exclamó, cerrando aquella inolvidable conversación:
—¡Llenaos de esperanza!... ¡La muerte solo es un sueño!... ¡Sois inmortales por expreso deseo de Ab-bā!... ¡Sois hijos de un Dios!... ¡Transmitidlo!
¿Transmitir la esperanza? ¿Seré capaz?
Que Él me ayude…
* Ver entrada: El otro lado (I).
- El príncipe de este mundo
- El verdadero rostro de Dios (I)
- El verdadero rostro de Dios (II)
- Hágase tu voluntad
- Hijo del hombre

















