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viernes, 22 de junio de 2018

Quiero ver a Dios


Dicen que un niño pequeño quería ver a Dios. Como sabía que era un viaje largo y duro, metió en su mochila algunos dulces, refrescos, caramelos y ropa. Al entrar en el parque se encontró, sentada en un banco, a una anciana que estaba contemplando las palomas. Se sentó junto a ella, abrió su mochila y sacó su merienda. El niño le ofreció un pastelito. Ella lo aceptó y le sonrió. Como al niño le agradó su expresión y quería verla sonreír de nuevo, le ofreció un refresco.

Allí estuvieron toda la tarde, comiendo y bebiendo, pero no se dijeron ni una sola palabra. Cuando oscureció, el niño se dio cuenta de lo tarde que era; se levantó, se despidió y le dio un abrazo de despedida. Ella, después de abrazarlo, le regaló la sonrisa más grande y bonita de su vida.

Cuando el niño llegó a su casa, su madre advirtió el gesto inmensamente feliz de su hijo y le preguntó:

—¿Qué hiciste hoy que te hizo tan feliz?

El niño contestó:

—¡Mami, hoy merendé con Dios! y, ¿sabes?, ¡tiene la sonrisa más hermosa que he visto!

Mientras tanto, la anciana, radiante de felicidad, regresó a su casa y su hijo, sorprendido, le preguntó: —Mamá, ¿qué hiciste hoy que vienes tan contenta? Ella respondió: —¡Comí con Dios en el parque! y, ¿sabes?, ¡es más joven de lo que yo pensaba!

¿Estamos listos para ver en nuestro prójimo más que a una persona?


Fuente: “La culpa es de la vaca. 2ª parte” de Jaime Lopera Gutiérrez y Marta Inés Bernal Trujillo.


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