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martes, 12 de mayo de 2026

Ayuno mental

Foto de Andrea Piacquadio en Pexels.

Fuente: Este cuento está incluido en “El libro de la serenidad” de Ramiro A. Calle con el título de “Indigestión espiritual”.

«Era un ser hambriento de enseñanzas, doctrinas, textos sagrados, claves iniciáticas y tradiciones místicas. Durante años se había dedicado sin cesar a absorber conocimientos espirituales, aunque no practicaba. Era un gran erudito en religiones, vías espirituales, doctrinas metafísicas y enseñanzas místicas. Pero como él mismo comprobaba, apesadumbrado, que no se producían cambios en su interior, acudió a visitar a un maestro muy humilde, que era conocido por su sencillez, su vida de pureza y su falta de conocimientos metafísicos. El buscador puso al corriente al mentor de su insaciable sed de conocimientos místicos y de su larga búsqueda espiritual. Entonces el maestro les pidió a sus discípulos que le dieran de cenar al recién llegado. Comenzaron a sacarle platos y platos de comida. El maestro le decía:

—Come, come. No dejes de saborear estos ricos manjares.

Y seguían ofreciéndole más y más platos, hasta que el buscador, a punto de estallar, sin poder tomar ni un bocado más, dijo:

—Por favor, no puedo más. Me he atiborrado. No podré digerir tanta comida.

O sea —dijo el maestro—, que si te esperase ahora el bocado más sabroso y nutritivo, ¿no podrías tomarlo?

—Imposible, imposible —dijo enfáticamente el saciado—. Aunque fuera alimento celestial.

El maestro se quedó pensativo durante unos instantes. El visitante se sentía muy mal, con una enorme pesadez en el estómago. El mentor dijo:

—La peor indigestión no es la que ahora padece, sino la que te produce el caudal de conocimientos y doctrinas que te has tragado durante años. Así no puedes recibir ninguna enseñanza más. Tienes que hacer la digestión. Tardarás unas horas en digerir la comida que he hemos procurado aquí, pero meses en asimilar la otra. Así que durante meses lo único que te pido es que te dediques a labores domésticas y de ocio, y no ingieras ni una pizca más de alimento espiritual. Cuando lo hayas digerido, tras un largo y necesario ayuno, se te dará el alimento conveniente y justo».


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