Nasrudín se dirigió al templo al atardecer. Después de la oración, varios devotos comenzaron a charlar con él y aprovecharon para preguntarle por su esposa. Nasrudín dijo:
—Se ha quedado en casa.
—¿A qué se dedica ella? —quisieron saber.
—¡Bah! Ella hace cosas sin importancia; pequeñas cosas, sí. Se encarga de las tareas propias del hogar, cuida a los hijos, les ayuda en sus estudios y les procura la mejor educación posible; acude al mercado y adquiere los alimentos; cuando hay que hacer reparaciones en casa, las hace y se dedica a pintar las paredes cuando es necesario; saca agua del pozo y se encarga de regar diariamente la huerta y de atenderla; se ocupa de mi anciana madre y a veces va a casa de nuestros familiares a echarles una mano. ¡Cosas sin importancia!
—¿Y tú qué haces? —le preguntaron entonces los amigos.
—¡Ah, amigos míos, yo soy el verdaderamente importante! Yo soy el que se encarga de investigar si Dios existe o no.
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