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jueves, 30 de julio de 2026

El otro lado (I)

Fuente: “Hermón. Caballo de Troya 6” de Juan José Benítez.

En un proyecto secreto, conocido como “Caballo de Troya”, dos pilotos de la Fuerza Aérea Norteamericana viajan en el tiempo al año 30 de nuestra era, a Judea, para comprobar cómo fueron los últimos días de Jesús de Nazaret. Fascinados por su figura y pensamiento, deciden acompañar al Maestro durante su vida pública. Para ello, actúan al margen de lo establecido en la operación. Jasón y Eliseo, así son conocidos los dos pilotos, retroceden al mes de agosto del año 25 de nuestra era. Buscan a Jesús y lo encuentran en el monte Hermón, permaneciendo con Él durante cuatro semanas.

Todos los días, Jesús se marchaba al amanecer hacia los ventisqueros y solía volver sobre las tres o las cuatro de la tarde. Siempre volvía alegre, renovado, casi transfigurado… y, tras la cena, todas las noches, las ansiadas tertulias…

Imagen creada con IA por Microsoft Designer (30-01-2026).

... «Y así, mágicamente, fue a hablarnos de “algo” a lo que nunca quise enfrentarme. Una realidad, sin embargo, a la que nadie escapa.

Eliseo le puso el tema en bandeja.

—Ya que hablas de la muerte, Señor, dime: ¿no te asusta?

La respuesta fue categórica. Fulminante.

—Responde primero otra pregunta: ¿te asusta dormir?

—No, pero no veo la relación…

—Es lo mismo.

—¿Morir es dormir?

—Así es. Solo eso.

—¿Y después?

—Después… ¡la vida!

—Un momento —se despachó Eliseo, muy consciente de la gravedad de lo que se estaba planteando—, ¿hablas en serio o en parábola?

Jesús contuvo la risa.

—Muy en serio…

Silencio sepulcral… Y nunca mejor dicho.

Eliseo y yo nos miramos. Ante semejante y categórica afirmación solo cabía creer o no creer. El problema era que aquel Hombre jamás mentía. Si Él aseguraba que tras la muerte hay vida… no teníamos alternativa. ¡Hay vida!

—Es que es muy fuerte, Señor…

—Sí, lo sé. Esa es otra de las razones de mi presencia entre los humanos. Cuando llegue el momento… ya sabéis a qué me refiero, lo verán con sus propios ojos. Verán al Hijo del Hombre resucitado de entre los muertos. Y lo verán con una forma idéntica a la que todos disfrutaréis tras el sueño de la muerte.

—Pero, Señor, tú eres Dios. Tú sí puedes hacerlo. Nosotros, en cambio…

—No, hijo mío. Mi resurrección pondrá de manifiesto la gloria del Padre, pero también tendrá una segunda y no menos importante justificación: la esperanza. Te lo dije: sois inmortales. Seréis resucitados.

—¿Seremos? ¿Por quién?

—Justamente por mis ángeles.

—¿Por los pájaros?

Tercié en la charla, amonestando a mi compañero. No era momento para bromas. Jesús, sin embargo, me lo reprochó.

—Querido amigo, deja a tu hermano que se exprese. Cuanto más importante y serio es un asunto, más humor necesita… El sentido del humor, no lo olvides, no fue inventado por el hombre. Es cosa de los cielos.

Eliseo, crecido, fue a los detalles. Y yo, sinceramente, lo agradecí.

—Pero, ¿dónde?, ¿cómo?

El Maestro, feliz, solicitó calma. Y fue desgranando algunas informaciones.

—¿Recuerdas?: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas…”.

Asentimos impacientes.

—Pues eso. En mi reino hay unas estancias… digamos que “especiales”, en las que volvéis a la vida. A la verdadera vida.

Nos observó complacido.

—Tras la muerte, tras ese fugaz sueño, apareceréis en un mundo distinto.

—¿Con casas?, ¿con árboles?, ¿con ríos?...

—Sí, mi impulsivo amigo, igual que este…, pero distinto. Decidme. ¿imagináis unos cuerpos, una materia, que son y no son materia? ¿estáis capacitados para comprender una carne que, además es luz?

¿Carne y luz al mismo tiempo? No, no éramos capaces de asimilar ese concepto.

Eliseo, de pronto, recordó algo que discutimos largamente en la cumbre del Ravid. Y, ni corto ni perezoso, expuso su original y gratificante teoría sobre “MAT-1”.

El Maestro escuchó atenta y visiblemente conmovido. Cuando Eliseo concluyó, sencillamente, le sonrió, aprobando su hipótesis con varios y afirmativos movimientos de cabeza.

Fue suficiente.

—¡Lo sabía!... ¡Mitad materia, mitad luz!

Pero el rabí, interviniendo, lo deshinchó en parte:

—Más o menos…

Imagen realizada con las ilustraciones de “JESUS_is_our_only_HOPE” en Pixabay y PNGEgg

Acto seguido, enlazando con algo que repetiría hasta la saciedad advirtió:

—¿Comprendéis ahora por qué os pido con tanta insistencia que VIVÁIS la vida? ¿Entendéis por qué he dicho que estoy aquí para experimentar la existencia humana?

—Déjame adivinarlo. Parece simple… Esta forma de vida es única. Allá en esos mundos especiales, tendremos otros “cuerpos”… distintos. No podremos vivir como ahora. ¿Te refieres a eso? ¿Estás hablando, Señor de apreciar y aprovechar esta oportunidad? ¿Nos estás diciendo que VIVAMOS la vida porque no disfrutaremos de otra semejante?

No respondió. Nos dejó en suspenso unos segundos y, al percibir nuestra ansiedad, sonrió feliz, exclamando:

—¡Perfecto, Jasón! VIVID intensa y generosamente. Saboread la vida. Disfrutad cada instante. Sabed que esta oportunidad, como dices, es única. Nunca volveréis a este estado. Amad la vida. Respetadla. Compartidla. Usadla con inteligencia y moderación. Os lo dije: es un regalo del Padre.

Mi hermano, entonces, estalló como un volcán, interrogándolo sin respiro.

—Y ahí, Señor, ¿qué se hace?

—Te lo estoy diciendo, pero no escuchas: despertar.

—Pero, ¿a qué?

—A la verdadera, a la definitiva vida. Ahí comienzas. Ahí arrancas hacia el Padre.

—¿Se trabaja?

—Por supuesto, aunque al principio todos necesitáis una “limpieza”…

Notó nuestra perplejidad y aclaró:

—Cuando seáis despertados en ese mundo, todo, prácticamente, será idéntico a lo que acabáis de dejar aquí. Os lo repito: es un simple despertar. Pero los defectos y vicios de la naturaleza humana seguirán pesando… en parte. Y los míos se ocuparán entonces de “limpiarlos”. No os preocupéis: la “cura” es rápida y sin dolor. Comprendedlo: en esa otra realidad no cabe la densa y torpe herencia que arrastráis. Os prepararán para un largo, muy largo, camino hacia Dios. Un camino cada vez más espléndido. Una senda en la que, poco a poco, la luz dominará a la materia. Y llegará el día en que solo seréis eso: luz

—Entonces veremos a Dios…

—¡Tranquilo muchacho! A Dios lo verás… a su debido tiempo.

—Mitad luz, mitad materia… ¿Y cómo se sostiene esa materia? ¿se come en el “otro lado”?

—Se come y se bebe… pero no lo que tú crees.

Esa afirmación del rabí coincidía con lo detectado por nosotros durante la aparición número catorce del Resucitado, en la mañana del sábado, 22 de abril del año 30, en la colina de la “Ordenación” (hoy llamada de las Bienaventuranzas). En aquella oportunidad, el instrumental de la “cuna” detectó en el “cuerpo glorioso” una clara ausencia del sistema circulatorio y digestivo, tal y como lo entendemos en la Tierra. Él no lo dijo, pero quien esto escribe hizo sus propias deducciones: quizá en ese nuevo mundo, en ese nuevo estado —en “MAT-1”, como decía mi compañero—, los “alimentos”, integrados por esa enigmática sustancia (mitad materia, mitad energía), fueran absorbidos total y absolutamente. En otras palabras: una “alimentación” sin desechos. En cuanto a la carencia de aparato circulatorio, la explicación podía ser muy similar. Aunque la ciencia no está capacitada todavía para entenderlo, quizá esos “cuerpos” no se vean en la necesidad de respirar. O, si lo hacen, quizá se nutren de oxígeno, o de lo que sea, por contacto directo de la “piel” con el medio ambiente.

Lo sé. Puras especulaciones… Sin embargo, por ahí apuntaron las respuestas del Hijo del Hombre.

Como decía el Maestro, “quien tenga oídos…”.

—Seréis como ángeles…

—¿Con esposa o sin esposa?

—En esa nueva realidad no se precisa el sexo, tal y como lo entendéis en la Tierra. Allí no existen esas inclinaciones. Entre otras razones, porque la carne, el cuerpo material, no pasa al “otro lado”. Aquí queda y aquí desaparece.

—Dices que somos inmortales. Así nacemos. Entonces, ¿por qué no resucitamos por nosotros mismos? ¿Por qué se precisa de tus ángeles?

Jesús tropezó con el gran problema: la limitación de la mente humana. Aun así, el rabí lo intentó.

—Hijo mío, no es mucho lo que puedo decirte… por ahora. Hay criaturas del tiempo y del espacio que no estrenan siquiera su inteligencia. Por múltiples razones se ven privadas de un mínimo de espiritualidad. Pues bien, según lo establecido por Ab-bā, esos humanos no son “despertados” tras la muerte. Deben esperar, en un sueño colectivo, a que llegue su hora. Y no preguntes más. Acepta mi palabra…

Entonces creí entender una de las misteriosas frases del Resucitado, pronunciada el 5 de mayo del año 30, en la aparición en la casa de Nicodemo, en la Ciudad Santa: “…Más que por esto (se refería a su resurrección), vuestros corazones deberían estremecerse por la realidad de esos muertos de una época que han emprendido la ascensión eterna poco después de que yo abandonara la tumba de José de Arimatea…”.

—Solo una cuestión, Señor. Otros muchos seres sí disponen de ese mínimo de inteligencia y espiritualidad. ¿Por qué no se resucitan por sí mismos?

—Sois inmortales, sí, y por derecho propio. Así lo ha querido Ab-bā. Pero no confundas inmortalidad con vida.

—No comprendo… ¿No es lo mismo?

—Sí y no. La vida precede siempre a la inmortalidad. Esta, en definitiva, depende de aquella. Y no olvides que la vida es una prerrogativa del Padre. Yo dispongo de ese poder por su inmensa generosidad. Vosotros, en cambio, no estáis capacitados para ponerla en pie…

Mi hermano le interrumpió.

—¿Quieres decir que el hombre nunca creará vida?

—Así es. Mientras pertenezca al reino de lo material… nunca lo conseguirá. ¡Nunca!

Aquel “¡nunca!” sonó rotundo. Yo diría que premonitorio. Todo un aviso para nuestro mundo. Y añadió con idéntica contundencia:

—No lo olvidéis: la vida es sagrada. Es patrimonio del Padre. Abortarla, suprimirla o herirla es un desprecio a quien la entrega gratuitamente.

Mensaje recibido».


domingo, 26 de julio de 2026

El cuervo

Imagen realizada con las ilustraciones de “Marcelkessler” en Pixabay y de PNGWing

Adaptación del cuento incluido en el libro “Cuentos zen para el despertar” de Javier Gutiérrez Ornelas.

En un hermoso bosque meditaba un maestro zen reconocido por su poder de hablar con los animales y obrar milagros. La sombra de un frondoso pino le daba cobijo y su aroma impregnaba el ambiente.

El maestro sintió que sobre su cara caían unas gotas de agua. Entonces, abrió los ojos, dirigió la mirada a la copa del árbol y vio a un cuervo que, posado en sus ramas, lloraba desconsolado. Eran sus lágrimas las que caían en su rostro.

El maestro le preguntó:

—¿Por qué lloras, amigo cuervo?

El ave le contestó:

—Lloro porque soy muy infeliz: soy muy feo, nadie me quiere, todos me espantan y nadie me da alimento. ¿Podrías, poderoso maestro, por favor, convertirme en otra ave? Ya no quiero ser un cuervo.

El maestro zen le confirmó:

—Sí puedo, pero antes ve con el ave que quieres ser y pregúntale si es plenamente feliz.

Entonces el cuervo secó sus lágrimas y, motivado, voló hasta el lago donde nadaba un cisne y le dijo:

—Señor cisne, ¿es usted plenamente feliz con su elegante cuerpo y su hermoso color blanco?

El cisne le manifestó:

—Si quieres encontrar un ave realmente feliz, ve hasta el zoológico y pregúntaselo al pavo real; es el ave más hermosa del mundo.

El cuervo se entusiasmó nuevamente, imaginándose ya con todos los colores y la majestuosidad de un pavo real, y fue a verlo:

—Señor pavo real, usted que es tan hermoso, tiene una cola maravillosa, un bonito plumaje y un bello penacho, ¿es plenamente feliz?

El pavo real le respondió:

—Soy el ave más infeliz del mundo. Antes de ser encerrado en este zoológico, las personas me perseguían para quitarme, lastimándome, mis plumas para decorar sus atuendos. Ahora vivo aquí, sin poder moverme libremente, solo para deleitarles y me acosan para que abra la cola sin dejarme descansar ni un momento.

El cuervo, sorprendido y decepcionado, le preguntó:

—Entonces, ¿cuál crees que es el ave más feliz del mundo?

El pavo real le contestó:

—El ave más feliz del mundo eres tú. Yo quisiera ser un cuervo como tú para que nadie me arrancara las plumas, ni me encarcelaran ni me acosaran y poder, como tú, volar libre por el cielo.

El cuervo, sorprendido y maravillado consigo mismo, regresó al árbol donde meditaba el maestro zen y le dijo:

—Querido maestro, ya no quiero ser cambiado por ninguna otra ave.

El cuervo emprendió feliz su vuelo y el monje sonrió y siguió meditando.


martes, 21 de julio de 2026

España campeona del mundo (II)

Final de la Copa Mundial de la FIFA 2026. Estadio Nueva York/Nueva Jersey. 19 de julio de 2026.

Hace dieciséis años hice la entrada “España campeona del mundo”, una pequeña reseña para recordar que la selección española de fútbol se levantó con la Copa del Mundo en Johannesburgo (Sudáfrica) el 11 de julio de 2010.

Supongo que, a estas alturas, todos sabéis que la selección de España, por segunda vez en su historia, se coronó campeona de la Copa Mundial de la FIFA 2026 tras vencer a Argentina. El partido se disputó el domingo 19 de julio en el Estadio Nueva York/Nueva Jersey. Un gol histórico de Ferran Torres en el minuto 106 le dio a “La Roja” su segunda estrella mundial.

Poco es lo que yo puedo añadir sobre la gran final, que ha generado un impacto sin precedentes en las plataformas digitales. Sin embargo, en esta entrada quiero incluir el comentario, casi una poesía, de Pau Liu desde su perfil de Tiktok, que transcribo literalmente, agradeciendo sus bonitas palabras. Me agrada mucho que esa sea la imagen que se ve desde otra cultura y un punto de vista imparcial. Yo también creo que España dio la talla.

«CAMPEONES, pero no me refiero solo al marcador. Me refiero a cómo lo han hecho, porque han jugado limpio, sin trampas, sin malas caras, sin perder dignidad ni un segundo.

En un mundo donde, a veces, parece que todo vale, ellos han demostrado que se puede ganar con la cabeza alta y el corazón tranquilo. Han jugado bonito. Con esa elegancia que no se aprende en los entrenamientos, sino que nace del alma. Cada movimiento era armonía, cada gesto era belleza. Nos han regalado un espectáculo que emociona, que entra por los ojos y se queda en el pecho.

Han jugado unidos, como una familia, como un abrazo colectivo. No había egos, no había estrellas solitarias. Solo once personas empujando hacia el mismo sueño, apoyándose y cuidándose. Eso es más que deporte: es una lección de equipo y, sobre todo, con educación, con respeto, con valores. Han saludado al que caía, han abrazado al rival, han celebrado sin humillar. Nos han recordado que la grandeza no está en ganar, sino en cómo se gana.

Esta victoria no es un regalo, es una verdad. Una verdad que el mundo necesita escuchar: lo limpio, lo bonito, lo unido y lo respetuoso pueden vencer. En una época que, a veces, premia lo feo, ellos han ganado con la belleza y eso, queridos míos, no tiene precio.

Gracias España porque al ganar así, nos habéis dado permiso para soñar, para creer que lo bueno también puede ser fuerte, que lo bonito también puede ser poderoso y que juntos, con valores, podemos mover montañas.

Esta copa es vuestra, pero la lección es nuestra».


jueves, 16 de julio de 2026

Como serpientes y palomas

Imagen de “Lisa from Pexels”, modificada con ilustraciones de PNGWing.

Cuando Jesús envía a sus discípulos a predicar, dándoles autoridad para expulsar demonios y curar enfermedades, anticipando la oposición y persecución que encontrarían, les da, entre otras, la siguiente instrucción:

“Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed astutos como serpientes y sencillos como palomas”.
Mateo 10, 16.

Las serpientes se mueven sigilosamente, evitan el peligro y saben cómo esconderse. Se han desarrollado en casi todos los ecosistemas porque tienen una gran capacidad para adaptarse en entornos difíciles. Ser astutos como las serpientes implica ser prudentes, observar atentamente para discernir las intenciones de los demás y tomar decisiones sabias para evitar peligros y conflictos. No se trata de ser malicioso, pues la astucia, aquí, no implica engaño o maldad, sino ser perspicaces y precavidos para navegar en situaciones difíciles, evitar el peligro y no ser dañados.

Ser inocentes como palomas consiste en tener pureza de intención y falta de malicia; actuar con bondad, humildad y sencillez; ser amable y vivir con una actitud de servicio.

Se trata, en definitiva, de transmitir el mensaje del Evangelio de manera efectiva, sin ser dañados ni perjudicados innecesariamente.

El sacerdote jesuita José María Rodríguez Olaizola, teólogo y sociólogo muy presente en el ámbito de la comunicación y evangelización a través del mundo digital, compartió en su página de Facebook esta interesante reflexión:

Matices
«Sed astutos como serpientes,
e inocentes como palomas.
¿Qué es lo que pides, Señor?
Paciente, pero ya en marcha.
Inocente, mas no ingenuo.
Coherente sin ser rígido.
Convencido, pero abierto.
Sosegado, no indolente.
Bondadoso, que no ciego.
Audaz sin ser insensato.
Calculador, pero honesto.
Prudente, mas no cobarde.
Dialogante sin complejos.
Libre que se compromete.
Un profeta sin veneno.
Entregado sin cadenas.
Luchador, mas no violento.
Sólo así, y a tu manera,
combinar pasión y calma,
mezclar ímpetu y sosiego,
trenzar el paso y la espera,
conjugar instante y tiempo».

sábado, 11 de julio de 2026

El jardinero y el árbol frutal

Imagen, modificada, de “neelam279” en Pixabay.

Adaptación de la parábola incluida en el libro “Búsqueda eterna” de Hugh B. Brown.

Al amanecer, un jardinero se puso a podar sus árboles frutales. Entre ellos había uno al que le habían crecido muchas ramas, por lo que el jardinero temió que diera poco fruto. Así que empezó a podarlo cortando aquí y allá. Cuando terminó, al árbol solo le quedaban unas cuantas ramas. El jardinero miró con ternura al árbol, pues estaba muy triste y lastimado y le pareció oír que le decía:

«¿Cómo has podido ser tan cruel conmigo, tú que me plantaste, me has cuidado desde que solo era un retoño y dices ser mi amigo? ¿No has visto cuánto había crecido? Ya estaba casi tan alto como los otros árboles y en poco tiempo hubiera llegado a ser como ellos, pero me has cortado las ramas, he perdido mis hojas y mi dignidad ante los demás árboles del huerto».

El jardinero escuchó las quejas del árbol con compasión y le respondió con toda bondad: «No llores. Tú no eres un árbol de sombra ni de los que dan abrigo a las aves entre sus ramas. Yo te planté para que dieras frutos. De ellos, aunque altos y frondosos, no podría obtenerlos. Lo que hice era necesario. Si hubiera permitido que siguieras creciendo como ibas, toda tu fuerza se hubiera ido en las ramas, tus raíces no hubieran desarrollado firmeza y se hubiera frustrado el propósito por el que te traje a mi huerto. No debes llorar, pues todo será para tu bien y, algún día, cuando estés cargado de frutos exquisitos, me lo agradecerás y dirás: “mi jardinero era sabio y de veras me amaba. Él sabía el propósito de mi existencia y ahora le agradezco lo que entonces creí que era crueldad”».

“No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Quien tenga oídos que oiga.


lunes, 6 de julio de 2026

El coraje de cambiar tu vida


Imagen realizada con la ilustración, modificada, de “geralt” en Pixabay.

 “Oceans”. (“Océanos”). Versión instrumental de Samuel da Silva, Matt Crocker, Salomon Ligthelm y Joel Houston.

Fuente: “Nunca es tarde para cambiar”. Boletín informativo del Dr. Mario Alonso Puig y “365 semillas de conciencia para una vida plena” de Daniel Ramos Autó.

“Yo soy así. No voy a cambiar”. Cuántas veces hemos escuchado esta frase. A veces la dice alguien de sesenta años. A veces de cuarenta. A veces de veinticinco.

Cuando llevamos mucho tiempo siendo de una determinada manera, llega un punto en que esa forma de ser se siente como algo grabado en piedra. Pero no lo está. La neurociencia ha demostrado que nuestro cerebro no es una estructura rígida. Es más parecido a una masa de arcilla, capaz de moldearse, de crear nuevas conexiones, de reorganizarse a cualquier edad. A eso lo llamamos neuroplasticidad.

Cada vez que aprendemos algo nuevo, cada vez que nos enfrentamos a un desafío, cada vez que elegimos pensar de forma diferente, nuestro cerebro cambia. No es una metáfora. Es biología. Por eso, elegir una mentalidad más abierta, más ilusionada, más dispuesta a aprender, no es ser ingenuo. Es ser profundamente inteligente.

Ramiro Calle cuenta la siguiente historia:

«Un yogui decía: “No me digáis nunca que un ser humano no puede cambiar”. La frase más estúpida y mediocre es aquella de “soy como soy”. No, uno puede empezar a ser como quiera ser. Eres desasosegado, puedes cultivar el sosiego; tienes odio, puedes comenzar a desplegar tu entendimiento y compasión; eres perezoso, actualiza tus energías de diligencia.

El andamiaje de nuestra psicología puede “desaprenderse” para mejorarse. Pero no hay milagros en este sentido. Cambia el que se hace la firme resolución de cambiar y pone los medios oportunos para ello. Un maestro de arquería le dijo a su discípulo: “Amigo, yo te doy el arco, te doy la flecha te enseño a disparar, pero, desde luego, yo no voy a tensar el arco por ti ni a apuntar la flecha por ti”».

Cuando nuestra vida carece de orientación y sentido, parece que se nos cayera a pedazos. Nuestro malestar es grande y la insatisfacción nos mueve el deseo de cambiar, pero actuamos como si las inercias y creencias que durante años nos han llevado hasta la encrucijada en la que nos encontramos, pudieran mutar con un chasquido de nuestros dedos, sin movernos del sofá.

Los cambios no se dan por arte de magia. No hay fórmulas milagrosas. Para que la semilla de la transformación crezca en nosotros es preciso desear el cambio, pero este debe ir acompañado de un compromiso férreo que se concrete a través de la acción. Sin una acción continuada y sin perseverancia esa semilla no da frutos.

¿Estamos dispuestos a realizar la travesía incómoda que requiere un proceso de transformación personal? Puede que el proceso sea largo y doloroso y que requiera la valentía de conectar con nuestra vulnerabilidad. Un proceso de desarrollo personal y espiritual implica adentrarnos en esas zonas de nosotros mismos que más nos incomodan; conectar con emociones dolorosas que tenemos enquistadas a un nivel muy profundo; cuestionarnos aquellas bases sobre las que hemos construido nuestra identidad y nuestra vida; perder por algún tiempo nuestras referencias y quedar suspendidos en el vacío. Todo esto puede ser aterrador, pero es necesario para nuestro renacer personal.

Dar el primer paso no nos garantiza llegar adonde nos habíamos propuesto, pero estar dispuestos a vivir y a arriesgarnos para mejorar nuestra vida, enfrentarnos a nuestros fantasmas y a nuestras limitaciones, es ya una recompensa. Vivir sin cierto riesgo es, ciertamente, arriesgarse a no vivir. Muchas personas fracasan, precisamente, por su temor al fracaso.

Para dar un pequeño paso no se requiere mucho valor. Sin embargo, el coraje acumulado en cada pequeño paso, es el motor que nos impulsa a dar los grandes pasos que marcarán la diferencia en nuestra vida.

Si somos capaces de transitar por esa incomodidad, por ese miedo, esa incertidumbre, obtendremos unos frutos muy valiosos, se ampliará nuestra conciencia y, por tanto, la imagen de lo que somos, de lo que es el mundo y podremos arrojar luz sobre las circunstancias que antes aparecían envueltas en sombras y oscuridad.

Mañana hará dieciséis años que comencé el blog “Si yo cambio, todo cambia”. El número dieciséis simboliza la evolución espiritual, la búsqueda de la verdad y el desapego. Representa la transición y el crecimiento personal, marcando a menudo un punto de inflexión donde las viejas estructuras se derrumban para dar paso a un despertar más profundo.

G-R-A-C-I-A-S. Un año más... Ojalá volvamos a encontrarnos aquí el año que viene.


miércoles, 1 de julio de 2026

Rescata tu talento

Imagen realizada con la ilustración, modificada, de “Peter_Middleton” en Pixabay.

Fuente: “¿Y si tu talento no estuviera perdido sino esperando ser recordado”? Boletín informativo del Dr. Mario Alonso Puig.

El talento se podría definir, de manera amplia, como la capacidad, innata o adquirida, de una persona para aprender o realizar una actividad de forma destacada y con gran habilidad.

Todos llevamos dentro un talento. Ese don que aparece en ocasiones disfrazado de hobby, de algo que nos gusta, se nos da bien y hacemos simplemente por disfrutar.

Puede que aún no te hayas dado cuenta, pero ahí está. Algunas veces, escondido entre tus miedos y frustraciones y otras, escondido entre prisas, dudas o responsabilidades.

El talento no es que desaparezca; es que dejamos de prestarle atención, como si ya no tuviera espacio en nuestra vida.

Cuando vuelves a eso que te ilusiona, algo dentro se activa: piensas con más claridad, te sientes con más fuerza y todo parece tener más sentido.

Muchas veces tu talento no se presenta de forma espectacular y no necesita que seas perfecto. Tampoco implica ser reconocido. No hace falta que sea algo grande; simplemente, que sea tuyo, que empieces a prestarle atención y que confíes, aunque al principio no sepas por dónde empezar. Empieza por lo sencillo.

Se trata de volver a hacer lo que nos llena por dentro, lo que nos da energía y nos hace sentir vivos. Talento es más sentirse vivo que brillar. No hemos venido solo a cumplir. También a expresar lo que somos.