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sábado, 17 de diciembre de 2016

Arrebatar la atención

Fuente: “No te ahogues en un vaso de agua” de Richard Carlson.

En la entrada de este blog titulada “La necesidad de escribir”, se dice que algunas personas escriben para comprender su propia alma. Es el caso de esta entrada, pues a diario me esfuerzo por terminar con mi hábito de interrumpir la narración de otros para llevar la conversación de vuelta a mi propia persona. Son muchos los intentos y muchos los fracasos, pero merece la pena cuando lo consigo.


La próxima vez que alguien nos cuente una historia o comparta con nosotros un logro propio, fijémonos en nuestra tendencia a decir algo acerca de nosotros mismos como respuesta.

Nuestra necesidad excesiva de atención proviene de nuestro ego, esa parte de nosotros que quiere que lo vean, oigan, respeten, consideren especial, a menudo a expensas de alguna otra persona. Es la parte de nosotros que interrumpe la narración de otros, o espera con impaciencia nuestro turno de hablar con el fin de llevar la conversación y la atención de vuelta a nuestra propia persona.

La mayoría de nosotros, en diferentes grados, nos entregamos a este hábito difícil de romper, que crea distancia entre nosotros y quienes nos rodean.

En lugar de decir: “Yo hice lo mismo una vez” o “A que no adivinas qué hice hoy”, mordámonos la lengua, escuchemos con atención y digamos simplemente: “Eso es fantástico” o “Por favor, cuéntame más”, y dejémoslo ahí. La persona que esté hablando no tendrá la sensación de estar compitiendo con nosotros. El resultado será que esa persona se sentirá más relajada, confiada e interesante. También nosotros nos sentiremos más relajados porque no estaremos esperado para intervenir.

Estamos hablando de la necesidad impulsiva de arrebatar la gloria y la atención de los demás. Existen, obviamente, muchas ocasiones en las que resulta apropiado no renunciar a ellas e intercambiar experiencias mutuas.

Cuando dejamos de necesitar que toda la atención se centre en nuestra persona y permitimos que los otros se lleven la gloria, sucede algo mágico: una sensación de serenidad y seguridad se apodera de nosotros.

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