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jueves, 26 de enero de 2017

El plantador de dátiles

Fuente: “Déjame que te cuente” de Jorge Bucay.


En un oasis escondido entre los más lejanos pasajes del desierto se encontraba el viejo Elihau de rodillas, a un costado de unas palmeras datileras.

Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis para que sus camellos abrevaran y vio a Elihau sudando mientras parecía escarbar en la arena.

— ¿Qué tal, anciano? La paz sea contigo.

— Y contigo –contestó Elihau sin dejar su tarea.

— ¿Qué haces aquí, con est e calor y esa pala en las manos?

— Estoy sembrando –contestó el viejo.

— ¿Qué siembras aquí, Elihau?

— Dátiles –respondió Elihau mientras señalaba el palmar a su alrededor.

— ¡Dátiles! –repitió el recién llegado. Y cerró los ojos como quien escucha la mayor estupidez del mundo con comprensión–. El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. Ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa de licor.

— No, debo terminar la siembra. Luego si quieres, beberemos...

— Dime, amigo. ¿Cuántos años tienes?

— No sé... sesenta, setenta, ochenta… No sé... Lo he olvidado. Pero eso, ¿qué importa?

— Mira, amigo. Las datileras tardan más de cincuenta años en crecer, y solo cuando se convierten en palmeras adultas están en condiciones de dar frutos. Yo no te estoy deseando el mal, y lo sabes. Ojalá vivas hasta los ciento un años, pero tú sabes que difícilmente podrás llegar a cosechar algo de lo que hoy estás sembrando. Deja eso y ven conmigo.

— Mira, Hakim. Yo he comido los dátiles que sembró otro, otro que tampoco soñó con comer esos dátiles. Yo siembro hoy para que otros puedan comer mañana los dátiles que estoy plantando... Y aunque solo fuera en honor de aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea.

— Me has dado una gran lección, Elihau. Déjame que te pague con una bolsa de monedas esta enseñanza que hoy me has dado. – Y, diciendo esto, Hakim puso en la mano del viejo una bolsa de cuero.

— Te agradezco tus monedas, amigo. Ya ves, a veces pasa esto: tú me pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara. Parecía cierto, y, sin embargo, fíjate, todavía no he acabado de sembrar y ya he cosechado una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo.

— Tu sabiduría me asombra, anciano. Esta es la segunda gran lección que me das hoy, y quizás es más importante que la primera. Déjame pues que pague también esta lección con otra bolsa de monedas.

— Y a veces pasa esto –siguió el anciano. Y extendió la mano mirando las dos bolsas de monedas —: sembré para no cosechar y, antes de terminar de sembrar, coseché no solo una, sino dos veces.

— Ya basta, viejo. No sigas hablando. Si sigues enseñándome cosas tengo miedo de que toda mi fortuna no sea suficiente para pagarte…


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