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jueves, 15 de marzo de 2018

El problema de las palabras


Cuatro peregrinos de distintos países estaban llevando a cabo una peregrinación. Vivían de la caridad de los otros. Un devoto, al pasar frente a ellos, les dio un poco de dinero y decidieron adquirir algo para comer. El peregrino persa se apresuró a decir:

–Quiero angur.

–Pues yo quiero inab –replicó el árabe.

–Nada de eso –protestó el turco–. Yo deseo uzum.

Encolerizado, el griego vociferó:

–¡Yo quiero stafil!

Comenzaron a discutir acaloradamente y ya estaban, incluso, a punto de llegar a las manos, cuando pasó por allí otro hombre que entendía las diferentes lenguas. Tras calmarles, les pidió el dinero para ir él a comprar lo que querían. Regresó poco tiempo después con uvas, que era lo que cada uno de ellos había exigido en su respectivo idioma.

La palabra es muy engañosa: confunde a unos y a otros. Aunque todos utilicen la misma palabra, cada uno le dará una connotación. La palabra es imprescindible, pero muchas veces limita.

La palabra es muy poderosa: puede unir o dividir; calmar o irritar; crear equívocos, discordias, recelos y sospechas; herir gravemente; arruinar otra vida…

Hay que ejercer un saludable control sobre la palabra y utilizarla con precisión, cordura y exactitud. Hay que hablar conscientemente y no mecánicamente, con cordialidad, confortando y cooperando.



Fuente: “La llave de la paz interior” de Ramiro A. Calle.


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