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lunes, 8 de septiembre de 2014

Orígenes del distrés

Fuente: "Vivir es un asunto urgente" de Mario Alonso Puig.

* Se recomienda leer la entrada "Gestionar el estrés" de este blog.


En nuestra sociedad hay muchas causas por las que sufrimos los efectos del distrés o estrés negativo. Entre ellas está la falta de sintonía entre el tiempo que tenemos y el que querríamos tener, pues hay una gran discordancia entre las cosas que queremos hacer y entre las que tenemos tiempo de hacer. Otra de las causas es la pobre comunicación que existe entre las personas, que genera incontables momentos de tirantez.

Sin embargo, hay que diferenciar la causa de algo de su origen. Cada uno de nosotros podemos fácilmente reconocer cuáles son las causas de nuestro distrés, pero lo que urge es entender su origen.

Entre los principales orígenes de nuestro distrés podemos destacar:

Primero:

Nuestra incapacidad para decir “no” sin sentirnos culpables.

Para nosotros decir “no” es un enorme desafío porque nos arriesgamos a ser rechazados, y cuando estamos fuera del grupo nos sentimos muchas veces solos y perdidos. De pequeños el rechazo del grupo hubiera significado nuestra muerte y de alguna manera ese registro, esa asociación en mayor o menor medida sigue viva en nosotros.

Segundo:

Con frecuencia no tenemos claras nuestras prioridades y dejamos que sean otras personas las que las decidan por nosotros.

Como muchas veces no tenemos claras nuestras prioridades, carecemos de aptitudes para distinguir, en nuestro día a día, aquello que nos lleva hacia donde queremos ir, de aquello que nos lleva hacia donde no tenemos interés en llegar. Pretendemos entonces que todo sea prioritario y como si todo es prioritario nada es prioritario, invertimos nuestro tiempo en muchas cosas que por ser intrascendentes, dejan que poco a poco muera la ilusión y con ella la alegría de sentirnos vivos. Hemos de reflexionar sobre qué va a ser prioritario y qué no lo va a ser en nuestra vida.

Tercero:

Nos cuesta muchísimo hablar con honestidad de nuestro sentir y a base de no mantener un conversación clara de forma inminente, solemos esperar a que llegue la ocasión propicia, la cual nunca acaba de llegar. Esta dificultad para expresar nuestra emocionalidad va acumulando en nuestro interior un resentimiento que a nadie ayuda. Por otro lado, si transmitimos cómo nos sentimos sin ningún tipo de cortapisas, lejos de ayudar a que se produzca un entendimiento, sucede justo lo contrario.

Cuarto:

Nuestra falta de coraje para dar la cara por nuestros valores.

Los valores que guían nuestra existencia los ven los demás no por lo que decimos, sino por cómo actuamos, ya que al fin y al cabo nuestra vida es nuestro mensaje. El hecho de decidir qué va a ser valioso para nosotros nos lleva a descubrir aquello que se convierte en prioritario y nos da la fortaleza para saber decir “no” a algo que sin ser valioso ni prioritario nos pide no solo tiempo, sino que también hace que nos olvidemos de todo aquello que daría el verdadero sentido a nuestras vidas.

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