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sábado, 18 de marzo de 2017

Cómo recordar el pasado

Fuente: “Puedo superarme” de Bernardo Stamateas.


Hay personas que no están a gusto con su presente y entonces viven recordando, añorando el pasado. Lo idealizan. Se convencen de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

No es malo tener recuerdos; la cuestión es no agigantarlos tanto que nos impidan seguir construyendo en el presente.

Hay personas que eligen quedarse ancladas en el pasado porque consideran que ese tiempo fue el único momento bueno en sus vidas, le tienen miedo al paso del tiempo y quieren seguir viviendo en una adolescencia eterna. Sin embargo, todos los momentos son buenos porque todos son nuestros momentos. Cuando somos jóvenes nuestro don es la fuerza y durante la vejez la experiencia, pero el crecimiento es permanente.

Por otra parte, hay personas que prefieren olvidar el pasado, cerrarlo, cancelarlo, pero lo cierto es que en él está toda nuestra historia. Todo nuestro pasado nos sirve, los buenos momentos vividos y los recuerdos dolorosos, y, por eso, no hemos de olvidarlos.

Hay dos formas de recordar situaciones del pasado: afectivamente y racionalmente. Los buenos momentos hay que recordarlos con valor afectivo; tenemos que recordar afectivamente las caricias, las palabras de amor, el cuidado que recibimos, porque al hacerlo traemos esa emoción positiva al presente y la revivimos, volvemos a experimentarla.

Los malos momentos del pasado también deben recordarse, pero en este caso como una experiencia racional que nos deja un aprendizaje. Si recordamos un momento triste afectivamente, la tristeza volverá, mientras que si lo racionalizamos y pensamos qué enseñanza nos dejó, qué aprendimos de esa situación, lo transformamos en algo positivo y agradecemos haber pasado por esa situación, porque eso nos permitió aprender qué conviene hacer o evitar en una circunstancia similar.

Ese recuerdo triste, esa situación que tanto dolor nos causó, algo nos enseñó, y recordar ahora esa enseñanza es lo que nos va a permitir construir. El problema surge cuando rememoramos los recuerdos tristes afectivamente. Cuando hacemos esto quedamos estancados.

No se trata de tener amnesia, sino de pensar cómo tenemos que asimilar cada recuerdo según sea agradable o triste.


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