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miércoles, 9 de mayo de 2018

Cuando la vida se rompe

Fuente: “Kintsukuroi” de Tomás Navarro.


Cuando una persona se siente triste y vacía la mayor parte del día, cada día; si es incapaz de disfrutar y se siente insatisfecha; si ha perdido o ganado peso; si duerme menos o más de lo habitual; si tiene agitación o enlentecimiento psicomotor; si se siente cansada, fatigada y está perdiendo la energía; si tiene sentimientos de culpa o de inutilidad inapropiados y no justificados; si le cuesta pensar, concentrarse o tomar decisiones, y si tiene pensamientos recurrentes de muerte o suicidio, es muy posible que esté deprimida.

No es lo mismo estar triste que estar deprimido, de la misma manera que no es lo mismo tener un poco de azúcar que ser diabético/a. Cuando tienes el azúcar un poco alto, basta con controlar un poco la dieta; pero si eres diabético/a, tendrás que inyectarte insulina varias veces al día y tu salud corre peligro cada vez que se rompe el equilibrio entre el azúcar y la insulina.

La depresión es una enfermedad tan grave que incluso llega a afectar a la mayor parte de los procesos cognitivos. No debemos menospreciar el impacto que puede tener: incapacita para tomar decisiones, se piensa menos y peor, se sufren delirios acerca de la autoestima y las capacidades, y se pierde la esperanza y la ilusión en el futuro.

Las personas deprimidas están librando una terrible batalla en silencio, hacen acopio de una gran cantidad de energía para poder levantarse cada mañana, sufren constantemente y luchan contra la soledad, la incomprensión y la crítica de quienes les rodean. En algunos casos se las tacha de personas conformistas, en otros de autocompasivas y otras veces les dicen que deberían de esforzarse más, que se han dejado o que no deberían de llorar tanto y tendrían que ser más fuertes. Quienes no han pasado por una depresión no entienden que no desean estar mal, no disfrutan con la compasión de quienes les rodean y no quieren llamar la atención. Tan solo quieren pasar desapercibidas y que las dejen en paz.

Una persona no suele darse cuenta de que está deprimida, por lo que tarda entre cuatro y seis años en acudir a un especialista, si es que acude. En ese tiempo, la vida en familia se ha visto afectada, la pareja ha llegado al límite de su paciencia, el rendimiento laboral dista mucho de lo que sería deseable, su aspecto físico se ha visto afectado y su salud está muy perjudicada. Así, por ejemplo, nos encontramos con personas que dicen haberse deprimido tras separarse de su pareja, pero la realidad es que suelen llevar cinco o seis años deprimidas, sus parejas no han podido convivir con ello y han terminado por separarse.

Pocas son las opciones que le quedan a una persona que sufre una depresión: la vida pierde el sentido y se convierte en una tortura, en un pozo oscuro y sin fondo, no se alcanza a ver la luz al final de túnel y se cree que siempre será así. En algunos momentos se piensa que la muerte es una salida para terminar con el dolor y que se hará un favor a las personas que se tienen cerca. Es una gran equivocación creer que morir es la única salida. Hay más, y no tan complejas como podría parecer.

Hay diferentes tipos de depresión que requieren de diferentes tratamientos. Sea del tipo que sea, hay que dejarse de tonterías y centrarse en tratarla como lo que es: una enfermedad del sistema nervioso. No hay que resignarse a sufrirla sin más. No hay que avergonzarse por los síntomas de la depresión. No hay que quedarse de brazos cruzados y hay que acudir a un especialista que diagnostique, valore y aplique la terapia adecuada.

No hay que renunciar a vivir. El dolor que se siente es temporal. Siempre, después de la más oscura de las noches, vuelve a salir el sol. Siempre, después de la más intensa de las tormentas, reina la calma. Siempre hay un camino y una alternativa.

Al igual que alguien que se ha roto una pierna, una persona deprimida necesita un proceso de recuperación. Tan pronto como empiece a trabajar en sí misma, podrá comprobar cómo va saliendo del pozo, cómo avanza en el túnel, cómo se siente mejor. Poco a poco recobrará la confianza y recuperará las funciones cognitivas. Un buen día todo habrá pasado y, al volver la vista atrás, comprobará que ha ganado la batalla a esta enfermedad.

Si todo lo expuesto anteriormente suena a chino, hay que tratar de entender las serias repercusiones que tiene esta enfermedad, mostrar comprensión a las personas deprimidas y, sobre todo, no juzgarlas como débiles, no añadirles más presión, ofrecerles la mano y ayudarles a salir del terrible pozo en el que se encuentran.


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