Fuente: “Nunca es tarde para cambiar”. Boletín informativo del Dr. Mario Alonso Puig y “365 semillas de conciencia para una vida plena” de Daniel Ramos Autó.
“Yo soy así. No voy a cambiar”. Cuántas veces hemos escuchado esta frase. A veces la dice alguien de sesenta años. A veces de cuarenta. A veces de veinticinco.
Cuando llevamos mucho tiempo siendo de una determinada manera, llega un punto en que esa forma de ser se siente como algo grabado en piedra. Pero no lo está. La neurociencia ha demostrado que nuestro cerebro no es una estructura rígida. Es más parecido a una masa de arcilla, capaz de moldearse, de crear nuevas conexiones, de reorganizarse a cualquier edad. A eso lo llamamos neuroplasticidad.
Cada vez que aprendemos algo nuevo, cada vez que nos enfrentamos a un desafío, cada vez que elegimos pensar de forma diferente, nuestro cerebro cambia. No es una metáfora. Es biología. Por eso, elegir una mentalidad más abierta, más ilusionada, más dispuesta a aprender, no es ser ingenuo. Es ser profundamente inteligente.
Ramiro Calle cuenta la siguiente historia:
«Un yogui decía: “No me digáis nunca que un ser humano no puede cambiar”. La frase más estúpida y mediocre es aquella de “soy como soy”. No, uno puede empezar a ser como quiera ser. Eres desasosegado, puedes cultivar el sosiego; tienes odio, puedes comenzar a desplegar tu entendimiento y compasión; eres perezoso, actualiza tus energías de diligencia.
El andamiaje de nuestra psicología puede “desaprenderse” para mejorarse. Pero no hay milagros en este sentido. Cambia el que se hace la firme resolución de cambiar y pone los medios oportunos para ello. Un maestro de arquería le dijo a su discípulo: “Amigo, yo te doy el arco, te doy la flecha te enseño a disparar, pero, desde luego, yo no voy a tensar el arco por ti ni a apuntar la flecha por ti”».
Cuando nuestra vida carece de orientación y sentido, parece que se nos cayera a pedazos. Nuestro malestar es grande y la insatisfacción nos mueve el deseo de cambiar, pero actuamos como si las inercias y creencias que durante años nos han llevado hasta la encrucijada en la que nos encontramos, pudieran mutar con un chasquido de nuestros dedos, sin movernos del sofá.
Los cambios no se dan por arte de magia. No hay fórmulas milagrosas. Para que la semilla de la transformación crezca en nosotros es preciso desear el cambio, pero este debe ir acompañado de un compromiso férreo que se concrete a través de la acción. Sin una acción continuada y sin perseverancia esa semilla no da frutos.
¿Estamos dispuestos a realizar la travesía incómoda que requiere un proceso de transformación personal? Puede que el proceso sea largo y doloroso y que requiera la valentía de conectar con nuestra vulnerabilidad. Un proceso de desarrollo personal y espiritual implica adentrarnos en esas zonas de nosotros mismos que más nos incomodan; conectar con emociones dolorosas que tenemos enquistadas a un nivel muy profundo; cuestionarnos aquellas bases sobre las que hemos construido nuestra identidad y nuestra vida; perder por algún tiempo nuestras referencias y quedar suspendidos en el vacío. Todo esto puede ser aterrador, pero es necesario para nuestro renacer personal.
Dar el primer paso no nos garantiza llegar adonde nos habíamos propuesto, pero estar dispuestos a vivir y a arriesgarnos para mejorar nuestra vida, enfrentarnos a nuestros fantasmas y a nuestras limitaciones, es ya una recompensa. Vivir sin cierto riesgo es, ciertamente, arriesgarse a no vivir. Muchas personas fracasan, precisamente, por su temor al fracaso.
Para dar un pequeño paso no se requiere mucho valor. Sin embargo, el coraje acumulado en cada pequeño paso, es el motor que nos impulsa a dar los grandes pasos que marcarán la diferencia en nuestra vida.
Si somos capaces de transitar por esa incomodidad, por ese miedo, esa incertidumbre, obtendremos unos frutos muy valiosos, se ampliará nuestra conciencia y, por tanto, la imagen de lo que somos, de lo que es el mundo y podremos arrojar luz sobre las circunstancias que antes aparecían envueltas en sombras y oscuridad.
Mañana hará dieciséis años que comencé el blog “Si yo cambio, todo cambia”. El número dieciséis simboliza la evolución espiritual, la búsqueda de la verdad y el desapego. Representa la transición y el crecimiento personal, marcando a menudo un punto de inflexión donde las viejas estructuras se derrumban para dar paso a un despertar más profundo.
G-R-A-C-I-A-S. Un año más... Ojalá volvamos a encontrarnos aquí el año que viene.
- El propósito de tu vida (2025)
- No me doy por vencida (2024)
- Palabras como “vulanicos” (2023)
- ¡Despierta y vive! (2020)
- Mi propósito (2019)

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