(Isaías 55, 8-9)
Adaptación del cuento que circula en las redes sociales. Desconozco su autor/a.
Cuenta una antigua leyenda noruega que un ermitaño llamado Haakon, cuidaba una capilla en la que había un crucifijo muy antiguo. A la capilla acudía la gente a orar con mucha devoción y a pedirle a Cristo algún milagro.
Un día, Haakon se arrodilló ante la cruz y dijo:
—Señor, quiero soportar y experimentar el dolor de estar en tu lugar, permíteme reemplazarte por un tiempo.
Haakon se quedó con la mirada fija en la imagen, esperando una respuesta. El Señor abrió sus labios y con mucho amor, le dijo:
–Amado hijo, voy a acceder a tus deseos, pero te pondré una condición.
—¿Cual, Señor? —preguntó Haakon— ¡Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda!
—Escucha: estaré a tu lado para cuando me necesites, pero, suceda lo que suceda y veas lo que veas, has de guardar silencio siempre.
Haakon contestó:
—Te lo prometo, Señor.
En ese momento Jesús bajó de la cruz y Haakon ocupó su lugar. Como la ermita estaba en penumbra, nadie advirtió el cambio. Durante un tiempo todo funcionó a la perfección.
Un día, un hombre adinerado, después de orar, dejó olvidada su cartera en la capilla. Haakon lo vio y calló. Tampoco dijo nada cuando, al rato, un hombre muy humilde, que acudió a la capilla, vio la cartera y se la guardó. Poco después, un joven se postró ante él para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje.
En ese momento volvió a entrar el hombre rico en busca de su cartera. Al no encontrarla, pensó que el joven se la había apropiado y lleno de ira le dijo:
—¡Dame la cartera que me has robado!
El joven, sorprendido, replicó:
—¡Yo no he robado nada!
—¡No mientas, devuélvemela enseguida! —gritó el hombre rico.
—¡Le repito que no he cogido ninguna cartera! —afirmó el muchacho.
El rico arremetió furioso contra él, pero, antes de golpearlo se escuchó una potente voz:
—¡Detente!
Haakon no pudo permanecer en silencio: defendió al joven e increpó al rico por acusarlo falsamente.
Ambos, que escucharon como la imagen hablaba, se quedaron anonadados y perplejos y, estupefactos, salieron corriendo.
Cuando la capilla quedó a solas, Cristo se dirigió a Haakon y le dijo:
—Baja de la Cruz. No has sabido guardar silencio. No puedes ocupar mi puesto.
—Señor, —dijo Haakon— ¿cómo iba a permitir esa injusticia?
Jesús ocupó la Cruz de nuevo y siguió hablando al ermitaño:
—Tú no sabías que al rico le convenía perder la cartera, pues llevaba en ella el dinero parar pagar relaciones ilícitas con una joven virgen. El pobre hizo bien llevándose la cartera, pues su familia está pasando hambre y necesidad. En cuanto al muchacho, iba a ser golpeado, pero las heridas le habrían impedido coger el barco que acaba de naufragar y en el que ha perdido la vida… Tú no sabías nada. Yo sí. Por eso callo.
Y el Señor, de nuevo, guardó silencio.
Solo Dios sabe. Él conoce el pasado, el presente, y el futuro. Nos gustaría que Él nos respondiera según nuestra voluntad y deseos. En su silencio, Dios nos dice con amor: ¡Confiad en mí, que sé bien lo que debo hacer y siempre es para un bien mayor! No tratemos de interferir en sus caminos, ya que los de Él son muy diferentes a los nuestros.
- Dios nunca se equivoca
- Los tres árboles
- Mi mayor bien
- Todo está bien
- Todo ha sido previsto

No hay comentarios
Publicar un comentario en la entrada