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martes, 15 de octubre de 2013

Dejar ir

Fuente: "Vida después de la muerte" de Mary T. Browne


“The Ludlows”. (Leyendas de pasión). James Horner. (Trío violín, oboe y piano).

Muchas de las personas que han fallecido han enriquecido mi vida. El recuerdo de sus vidas nunca se aleja de mí. Hicieron del mundo un lugar mejor con su presencia. Intento que mi vida sea un tributo a ellas.

Una de las mayores pruebas de la vida es aprender a dejar ir. Una madre debe dejar ir a su hijo o hija para que viva su propia vida. Si se aferra a él o ella por demasiado tiempo habrá creado un adulto disfuncional. Igualmente difícil es para un hijo o hija, incluso si tiene cuarenta años, dejar ir la necesidad de aprobación de sus padres, la dependencia o el pasado.

La vida es un continuo proceso de dejar ir, ¿o quizás de avanzar? El buen maestro no intenta retener a sus alumnos. Está orgulloso de ellos cuando pasan al siguiente nivel. Un buen terapeuta está encantado cuando su paciente ya no lo necesita.

El amor con desapego es la llave para aprender a dejar ir. No debe confundirse desapego con indiferencia. Indiferencia es cuando el otro no te importa; desapego es cuando te importa tanto que te separas.

Si somos capaces de discernir cuándo es tiempo de dejar ir, tendremos abierta la puerta de la felicidad espiritual.

La muerte es la mayor prueba de nuestra capacidad de dejar ir. Ya sea nuestra propia transición o la de nuestros seres queridos, la muerte es el paso hacia adelante más significativo de nuestras vidas.

Aunque sepamos que la muerte es una despedida temporal, nos cuesta despedirnos. La tristeza dolorosa por la pérdida es inevitable. Debemos expresar nuestra pena y nuestro dolor porque si intentamos suprimir nuestros sentimientos, éstos no se irán. Es un proceso que exige que reflexionemos sobre la temporalidad de la vida física, sobre el hecho de que no podemos poseer a nadie y que se nos pide que digamos adiós. Es una batalla que debemos luchar. Podemos ganarla hablando, con el tiempo o ayudándonos unos a otros. El acto de servir a otros es un gran tónico contra la tristeza. Cada momento en la Tierra es una oportunidad para ayudar a alguien.

Cada persona necesita una cantidad de tiempo distinta para llorar una pérdida. La convicción de que la muerte no existe, de que solo es un cambio de forma, hace que no nos aferremos a la tristeza por mucho tiempo. Seguir adelante con nuestras vidas no significa ser desleales con los que se han ido. Debemos conservar viva la memoria de la gente que amamos a través de nuestra pasión por la vida.


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