—suspiraba el cormorán—.
Ella es blanca, yo soy negro,
huirá apenas la intente mirar.
¡Y nunca le podré gustar!
—Él no me puede querer
—suspiraba la gaviota—.
Él es negro, yo soy blanca,
huirá apenas lo intente mirar.
¡Y nunca le podré gustar!
Así se lamentaban con pena
el cormorán y la gaviota,
enamorados como dos locos
y tristes como las piedras.
—Ya está, tengo una idea
—se dijo la pobre gaviota—,
Me pintaré toda de negro,
y conseguiré ser como él,
y por siempre me querrá.
—Ya está tengo una idea
—se dijo el pobre cormorán—.
Me pintaré todo de blanco,
y conseguiré ser como ella,
y por siempre me querrá.
Así pues se decidieron
el cormorán y la gaviota,
enamorados como dos locos
y tristes como las piedras.
“No he de tener ningún miedo
—pensó la osada gaviota—.
¡Soy más negra que la noche!
Le confesaré todo mi amor
y acabará mi sinsabor.”
—pensó valiente el cormorán—.
¡Soy más blanco que la espuma!
Le confesaré todo mi amor
y acabará mi sinsabor.”
Cara a cara se encontraron
el cormorán y la gaviota,
enamorados como dos locos
y tristes como las piedras.
—Pero, ¿seguro que es él?
—se preguntó inquieta la gaviota—.
¿Se habrá pintado de blanco?
Lo reconozco por la mirada.
Sin duda, me quiere gustar.
—Pero, ¿seguro que es ella?
—se preguntó inquieto el cormorán—.
¿Se habrá pintado de negro?
La reconozco por la mirada.
Sin duda, me quiere gustar.
Así pues se zambulleron
el cormorán y la gaviota
quitándose el raro disfraz
para poderse abrazar,
ella blanca y él tan negro,
enamorados como muy pocos
¡y felices… como dos locos!
Frédéric Quoniam-Barré
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