«¿Qué hacemos cuando alguien comete un error? Es fácil reaccionar desde el enfado, pero los errores no necesitan castigo, necesitan corrección.
Cuando castigamos a alguien por equivocarse, a menudo añadimos una carga innecesaria de culpa y vergüenza. Es como pisar una flor que ya estaba marchita: no la ayudas a crecer, solamente aceleras su deterioro. En cambio, cuando ayudamos a esa persona a reconocer el error y a repararlo, no solo favorecemos el aprendizaje, también fortalecemos la relación.
Esto también se aplica a nosotros mismos. ¿Cómo nos hablamos cuando cometemos un error? ¿Nos castigamos… o nos hablamos como lo haríamos con alguien a quien queremos de verdad?
Los errores son parte del aprendizaje, no una razón para el castigo.
La próxima vez que alguien (o tú mismo) se equivoque, prueba a reemplazar el juicio por comprensión. Ofrece una oportunidad para corregir y reparar desde el respeto, no desde el reproche. Verás cómo esa actitud ayuda a aprender y a generar más confianza.
Todos cometemos errores, pero la forma en que los afrontamos puede marcar la diferencia. La corrección construye; el castigo, divide.
Decía el gran psicólogo norteamericano William James: “Eres tú, con tu forma de hablarte cuando te caes, el que determina si te has caído en un bache o en una tumba”».
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