Una bruja arrepentida decidió reconvertirse en farmacéutica y abrió una farmacia con los ahorros que había conseguido en su vida anterior de trabajo brujeril.
Pero se difundió por el barrio el rumor de que la nueva farmacéutica había ejercido de bruja en su vida anterior, y nadie acudía a comprarle las medicinas por un miedo que no sabían explicarse. Como si el arrepentimiento no fuera medicina buena.
Tan fuerte fue el rechazo del barrio que la bruja tuvo que volver a su antiguo trabajo entre alambiques, hornos y probetas, mezclando sustancias exóticas, extrayendo jugos de las plantas y experimentando con pieles de reptiles.
Con el dinero que obtuvo por el traspaso de la tienda a un farmacéutico titulado, con fama de serio y honrado, la bruja instaló un laboratorio lejos de la ciudad.
Y ahora el farmacéutico titulado vende en cajitas y cápsulas las pócimos y potingues que le manda la bruja desde su Laboratorio de Industrias Farmacéuticas Jabru Asociados, con más de doscientas especialidades y un centenar de químicos trabajando a sus órdenes.
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