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miércoles, 14 de enero de 2015

Las quejas automáticas

“- Qué sed tengo, qué sed tengo, qué sed tengo… Te dan de beber y - qué sed tenía, qué sed tenía, qué sed tenía…”
Antonio Gala. “Ahora hablaré de mí”.



Fuente: “Deja de quejarte y libérate” de Brenda Barnaby

"Tengo sueño, estoy cansada, no me alcanza el dinero, me duele todo el cuerpo, mi marido es un pesado, mi mujer es una bruja, estoy cansado de hacer trámites, mi trabajo es horrible…"

Muchas de estas frases son parte de nuestro discurso diario. Se hicieron tan normales en nosotros que ni siquiera registramos cuando las empleamos en lo cotidiano.

Cuántas veces vemos gente que en un mercado, mientras llenan las bolsas de la compra, hablan acerca de “la miseria que estamos pasando”, o se quejan de las factura de la luz y tienen de la mañana a la noche todas las lámparas de la casa encendidas al mismo tiempo, o protestan por el precio de la gasolina, y resulta que en una casa donde hay cuatro personas, los cuatro tienen coche, los cuatro trabajan relativamente cerca y en los mismos horarios y, sin embargo, no viajan juntos. ¿Mejor es quejarse, verdad?

Sin ir más lejos, tengo una vecina que tiene por costumbre gritar improperios a sus hija cuando la niña dice palabrotas, y luego se escucha decir a la madre: ¡esta chica no aprende nunca, me salió maleducada!

Propongo que, de una vez por todas, tomemos conciencia de lo que decimos; que antes de hablar lo pensemos muy bien, porque hay gente que verdaderamente siente hambre, verdaderamente no le alcanza el dinero para mandar a sus hijos al colegio, ni siquiera pueden pagar la factura de la luz porque ni siquiera tienen un hogar.

Quejarse es no tener conciencia de lo que poseemos, es no valorar todo cuanto nos rodea, es no apreciar lo que hemos logrado y evolucionado a través del tiempo, es no tener cariño hacia lo que hemos hecho, con quién estamos y, en definitiva, lo que somos.

“La gratitud tiene enormes poderes regeneradores. Hace mucho tiempo descubrí que agradecer lo que tenía me servía para superar el sentimiento de autocompasión. Mi gratitud hacia otras personas siempre aumentaba mi felicidad. Cada vez que me sentía poco apreciado, hacía un recuento de todas las cosas maravillosas que me había ocurrido recientemente y me volvía la alegría”
Lee Coit


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