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martes, 11 de octubre de 2022

Cuenta tus penas y miedos


Fuente: “Somos lo que hablamos” de Luis Rojas Marcos.

Muchas personas que sufren experiencias amargas recurren de forma automática al silencio con el fin de enterrarlas en el olvido. El inconveniente de esta estrategia es que se arriesgan a reprimirlas en el inconsciente a largo plazo y convertirlas en focos de angustia. Además, al ocultar sus sentimientos, se aíslan de los demás justo cuando más alivio y apoyo solidario necesitan.

Las desdichas deben ser compartidas. Al narrarlas en voz alta organizamos nuestros pensamientos y hacemos más llevaderas las circunstancias y emociones que nos abruman. Por otra parte, nos beneficiamos de las expresiones de empatía y del aliento que recibimos de quienes nos escuchan y si, además, la conversación incluye a personas que han pasado por circunstancias similares a la nuestra, brota en nosotros el sentimiento tranquilizador de universalidad, la sensación de que “no soy el único”.

En todas las culturas, aquellos que se enfrentan a circunstancias adversas buscan conectarse con los demás, y el lenguaje hablado es el mejor medio para conseguirlo. Compartir nuestras preocupaciones en ambientes sociales receptivos estimula en nosotros emociones positivas y, a la larga, fortalece nuestra resistencia a las presiones cotidianas.

Diversos estudios sobre las reacciones de personas que se enfrentan a situaciones angustiosas, revelan que las más expresivas y comunicativas experimentan menos alteraciones en las pulsaciones cardíacas, la presión arterial y en los niveles de cortisol. Estos resultados apoyan la idea de que la comunicabilidad ayuda a neutralizar los efectos dañinos del estrés excesivo.

No cabe duda de que explicar a otras personas las adversidades que se cruzan en nuestro camino nos ayuda a superarlas, además de que nos permite recibir de quienes nos escuchan consejos o posibles fórmulas para aliviar el estrés o la pena que sentimos. Sin embargo, no todos tenemos la misma facilidad para hablar sobre temas dolorosos personales, ni nos sentimos cómodos por igual al expresar o describir lo que sentimos.

La predisposición a compartir intimidades es individual y está condicionada por nuestra personalidad, por experiencias pasadas y por las costumbres sociales. Por eso es importante tener en cuenta que el objetivo de compartir sentimientos penosos es desahogarnos, aliviar temores, poner en perspectiva nuestras emociones y deshacernos de esos secretos venenosos que tanto daño pueden causar a largo plazo.

Diversos estudios sobre este tema muestran que quienes graban en un magnetófono los detalles de sus experiencias traumáticas como si se las estuviesen narrando a un amigo o compartiendo con un terapeuta, organizan e integran en su vida esas experiencias, las superan y se recuperan a nivel físico y mental en pocos días.

Por el contrario, aquellos que se limitan a pensar o a comentarse a sí mismos interiormente las circunstancias penosas que vivieron no mejoran; de hecho, tienden a convertir las imágenes y emociones de las experiencias vividas en pensamientos desorganizados, repetitivos y obsesivos que invaden su mente durante meses.

También los niños pequeños que afrontan adversidades encuentran consuelo cuando personas de su confianza los animan a contar sus miedos, o a representarlos jugando con sus muñecos. El alivio es aún mayor si además estas personas adultas los escuchan con atención, contestan a sus preguntas con palabras claras y sencillas, y refuerzan en los pequeños la idea de que lo que sienten es real y merece consideración y respeto. A los niños les tranquiliza sentir que cuentan con la protección y ayuda de sus padres, familiares o cuidadores en esos momentos en los que el mundo les parece menos seguro que nunca.

En resumen, compartir con personas comprensivas y solidarias las cosas que nos afligen es una estrategia protectora de eficacia probada. El mero acto de transformar sentimientos de ansiedad, tristeza o indefensión en palabras, de explicar en voz alta nuestros miedos y dar sentido a las situaciones confusas nos tranquiliza y nos ayuda a pasar página.

Por el contario, tratar de disimular, reprimir, ignorar, anestesiar y callar cuando nos sentimos abrumados por la incertidumbre y la vulnerabilidad magnifica la angustia y nos predispone a sufrir trastornos depresivos que envenenan nuestra felicidad.

Dice un antiguo proverbio que las palabras son las llaves del corazón. Narrar nuestras experiencias penosas protege nuestra salud mental y física, vigoriza nuestra capacidad para adaptarnos a los cambios y superar las adversidades que irremediablemente nos depara la vida. Contándolas las reciclamos hasta convertirlas en historias comprensibles para uno mismo y para los demás.

Además, al compartir con otros las circunstancias dolorosas que vivimos, nos beneficiamos de las muestras de apoyo y solidaridad que recibimos. Al fin y al cabo, la solidaridad es una fuerza natural muy potente que nos une y promueve sentimientos de seguridad y esperanza, amortigua la angustia que nos causan infortunios y protege nuestra satisfacción con la vida en general.


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