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miércoles, 3 de mayo de 2017

Cuentos envidiosos (I)

Fuente: “Emociones tóxicas” de Bernardo Stamateas.


El pavo real y sus admiradores de Godofredo Daireaux.

El pavo real, con la cola desplegada, erguido en un delicioso cuadro de prados verdes, de aguas relucientes y de arbustos, parecía esparcir a su alrededor, bajo los rayos del sol, una lluvia de pedrerías, un rocío de esmeraldas, de zafiros y de oro.

Le rodeaba un espeso círculo de admiradores extasiados, y él gozaba de veras.

Pero se le ocurrió a uno de los que allí estaba decir en voz alta que también era muy bonito el faisán dorado. Por cierto, no le quitaba al pavo real nada de su mérito y, sin embargo, se quedó este muy triste, casi como si le hubieran llamado feo.

Los envidiosos piensan que el mérito ajeno rebaja el de ellos.


Cierta vez, un rey quería saber qué era peor: si ser tacaño o envidioso. Entonces buscó al envidioso más grande y al tacaño más grande del reino y les dijo:

–Quiero regalarles algo. Pídanme lo que quieran, que al otro le voy a dar el doble.

Entonces el avaro preguntó:

–Majestad, ¿todo lo que os pida me lo vais a dar?

–Sí.

–¿Si os pido dos casas me las vais a dar?

–Sí, y al otro le daré el doble.

Entonces el envidioso le dijo al avaro:

–Elija usted primero.

–Faltaba más –le dijo el avaro–. ¿Para qué están los amigos?

Hasta que al final, el envidioso dijo:

–Voy a pedir primero. Quiero que me saquéis un ojo –le dijo al rey (para que al otro le sacaran los dos).

El envidioso prefiere sufrir para que el otro sufra más, en lugar de vivir bien y que el otro viva bien.


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