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domingo, 4 de octubre de 2026

Experimentar la presencia de Dios

Imagen, modificada, generada por Leonardo.Ai.

Fuente: “Hermón. Caballo de Troya 6” de Juan José Benítez.

El siguiente diálogo se produce entre Jesús de Nazaret y los dos pilotos de la USAF (Fuerza Aérea Norteamericana), Jasón y Eliseo, que llevaron a cabo la operación “Caballo de Troya”. Los dos militares encuentran a Jesús el año 25, cuando estaba solo en el Monte Hermón, y permanecen con Él cuatro semanas. Todos los días, Jesús se marchaba al amanecer hacia los ventisqueros, para orar con el Padre, y solía volver sobre las tres o las cuatro de la tarde y, tras la cena, tenían largas conversaciones al amor de un buen fuego.

En esta entrada he omitido algunas frases que no afectan al mensaje recogido.

«—En el reino del Ab-ba no hay descuidos. Todo se halla minuciosamente planificado. Y, aunque no lo creas, sois y seguiréis siendo la admiración de los universos. Vosotros, lo más denso y limitado, poseéis algo de lo que no disfrutan otras criaturas, creadas en perfección: tenéis la maravillosa virtud de ascender y progresar, sin saber, sin haber visto. Tenéis la envidiable capacidad de creer, de confiar, sin pruebas. Al Padre, de momento, solo puedes buscarlo con la ayuda de la confianza. Ese es el plan. Eso es lo establecido. Progresar. Progresar. Progresar… en este atormentado mundo, en los que te reservo después y siempre. Para llegar a la presencia de Ab-bā, primero debes recorrer un largo, muy largo, camino. Ese es el objetivo. Esa es la única razón de tu existencia: una aventura fascinante.

—Un largo camino… —dijo Eliseo—. Muchos, en nuestro mundo, piensan que Dios los estará esperando al otro lado de la muerte. Dicen y creen que los justos serán recibidos de inmediato en su presencia. Tú, en cambio, hablas de un largo recorrido…

En esos instantes, una enorme y hermosa mariposa cuadriculada en blanco y negro, una Euprepia oertzeni, atraída por la luz de la fogata, fue a posarse en el extremo de la rama con la que jugueteaba el Maestro y Jesús, aludiendo al bello ejemplar, respondió así:

—Dime, ¿crees que esa criatura está en condiciones de comprender que un Dios, su Dios, la está sosteniendo?

—No, Señor. Hay demasiada distancia.

—Tú lo has dicho. Hay demasiada distancia. Pues bien, la que ahora te separa de Ab-bā es infinitamente mayor… Si un mortal fuera transportado, tras la muerte, ante la presencia del Padre, en verdad te digo que reaccionaría como esa mariposa. No sabría, no tendría conciencia de dónde está ni de quién lo sostiene. Afortunadamente, vosotros sois mucho más que una mariposa y podéis estar seguros de que llegará el día, cuando hayáis crecido espiritualmente, cuando hayáis progresado, que veréis a Dios y comprenderéis.

—Pero, ¿tan grande es?

— No hay palabras. Sostiene y contempla los universos en el hueco de su mano. Es todo presente, pero está en el futuro. Es el único santo, porque es perfecto. Es indivisible y, no obstante, se multiplica sin cesar. Él te imagina y apareces…

—Hermoso, muy hermoso, pero la ciencia…

—No te equivoques… Ni la ciencia, ni la razón, ni tampoco la filosofía podrán demostrar jamás la existencia del Padre. Dios es más listo, imaginativo y amoroso de lo que supones. Él no está a merced de hipótesis o postulados. Él solo está a merced del corazón…

Entonces, señalando el revoloteo de la mariposa, afirmó:

—En eso le lleváis ventaja… Vosotros sí podéis experimentar a Dios. He dicho experimentar, no demostrar… En esa búsqueda, cuando el hombre persigue y ansía a Dios, su alma, al encontrarlo, nota, percibe, experimenta su presencia. Por ahora, eso es suficiente.

—¿Experimentar al Padre? Y eso, ¿cómo se hace?, ¿cómo se sabe?

—Cuando un ser humano “toca” al Padre, cuando Él te “toca”, el alma se pone en pie. Es una sensación única. Clamorosa. Y una magnífica seguridad te acompaña de por vida… Pero ese benéfico sentimiento es personal e intransferible. Es difícil de explicar, pero tan real como la visita de la ternura, de la compasión o de la alegría.

Y desviando la mirada hacia este absorto explorador me previno:

—Por eso, Jasón, porque se trata siempre de una experiencia, de un sentimiento personal, no escribas para convencer. Hazlo para insinuar. Para ayudar. Para iluminar… No “vendas”. No grites el nombre del Padre. No obligues. No discutas. Cada cual, según lo establecido, recibirá el “toque” a su debido tiempo. No hay prisa. Ab-bā sabe. Ab-bā reparte.

—Un Dios sin prisas —terció Eliseo—. Eso me gusta…

—Un Dios amor que ya está en ti».


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