¿Te has parado a pensar en el impacto que tienen tus acciones en quienes te rodean? Las palabras son importantes, pero lo que realmente inspira y educa es lo que hacemos, el ejemplo que damos. Las personas no hacen lo que les decimos, sino lo que ven que hacemos.
Esto es especialmente importante cuando pensamos en aquellos que nos miran con admiración, como los hijos, los amigos o los compañeros de trabajo. En los momentos de incertidumbre o frustración, nuestra conducta puede ser la mayor lección que ofrecemos. ¿Cómo reaccionamos? ¿Qué cara mostramos cuando estamos rodeados de desafíos?
Educar no es solo enseñar, es aprender primero. Cuando nosotros mismos vivimos desde la coherencia, desde esa alineación entre lo que decimos y hacemos, dejamos una huella que va más allá de las palabras.
Pregúntate: ¿qué mensaje transmiten mis acciones y mi forma de vivir a todas aquellas personas que me rodean? No se trata de ser perfectos, sino de intentar ser un poco más coherentes. Si queremos que un ser querido sea feliz, que persiga sus sueños, o incluso que venza sus miedos, debemos mostrarle el camino a través de nuestro ejemplo.
No basta con decir lo que hay que hacer. El ejemplo es lo que mueve a la acción.
Siempre es más fácil decir que hacer. Por eso necesitamos hacer ese análisis que nos permite evaluar si lo que decimos concuerda con lo que hacemos.
La compasión es el sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de alguien. Se activa gracias a nuestras neuronas espejo, que son capaces de empatizar y sentir el dolor ajeno. Cuando algo nos duele, también nos mueve y, en este caso, tratamos de transformar nuestro dolor ayudando a quien sentimos más vulnerable, a la persona por la que sufrimos.
Para ser más compasivos con los demás, debemos pensar más en ellos y menos en nosotros mismos. Tener un corazón más grande. Ser conscientes de lo que tenemos y somos, valorar nuestras capacidades y posesiones, nos ayudará. Por ejemplo, cuanto más valore mi capacidad de ver, de mirar la realidad, los colores, la naturaleza, más compasión tendré cuando me encuentre con un invidente. Las personas más compasivas, además de sentir pena por el dolor ajeno, poseen la capacidad de disfrutar más de lo que tienen. Sería bueno hacer una lista de las cosas imprescindibles en tu vida y que tal vez no valores.
La experiencia de sentir nuestro propio dolor, tristeza, vergüenza o miedo también nos humaniza frente al dolor de los demás. Nuestra propia vulnerabilidad es lo que más nos conecta con el prójimo. Si no sufriéramos limitaciones, sería mucho más difícil que nos dolieran las limitaciones de los demás, empatizar con ellas. Así que esas emociones nada atractivas que padecemos pueden ayudarnos a ser compasivos.
Seremos más compasivos si evitamos huir del dolor ajeno, si permanecemos en contacto con situaciones en las que la gente sufre. No hay que rechazarlas, aunque no sean de buen gusto. Nos educa la mirada y nos ayuda a sentir en los demás. No nos encerremos dentro de nuestros muros.
La compasión nos mueve a ayudar: nos ofrecemos a cuidar a los niños de la vecina en circunstancias especiales, a realizar la compra a personas mayores…
¿Qué podemos hacer para ayudar a otros?
- Procurar ser más comprensivos con las personas que nos rodean.
- Hacer una lista de las cosas imprescindibles en nuestra vida y que, tal vez, no valoramos.
- Dar más importancia a las personas que a las cosas; a servir y ayudar que a poseer.
- Identificar los grupos de riesgo, las personas vulnerables; tal vez las tengamos cerca. Invita a un café a una persona sin hogar, saluda con más afecto a la persona que pide en la puerta del supermercado, interésate por un vecino mayor que vive solo…
- Elegir a alguien próximo a quien deseemos ayudar: un familiar, un amigo, un compañero de trabajo... Pensar cómo nos queremos comprometer y ponernos un recordatorio (para dentro de una semana, de quince días, de un mes...) para no olvidar lo que hemos decidido.
Muchas personas sostienen que el objetivo de la corrección política del lenguaje es evitar que la gente se sienta ofendida o insultada por ciertos términos considerados degradantes, pero no consideran que la connotación ofensiva no depende tanto de la palabra como del tono en que se pronuncia, de la expresión corporal o del contexto y, por supuesto, de la sensibilidad del receptor. Está claro que, con tono y contexto agresivo, cualquier palabra puede ser ofensiva o, al contrario, una palabra aparentemente insultante puede resultar amigable en un ambiente de complicidad y sentido del humor.
Los teóricos de la corrección política del lenguaje, pretenden arreglar el mundo inventando vocablos perfectos y descontaminados, pero su uso los desgasta, los devuelve a la vida real y adquieren la antigua connotación. Entonces comienza la búsqueda de un nuevo eufemismo que lo reemplace y así sucesivamente en un movimiento cíclico, como un carrusel que siempre acaba regresando al mismo lugar.
La sustitución constante de una palabra por otra genera la degradación del lenguaje porque los nuevos vocablos son cada vez más ambiguos, más absurdos y con significados cada vez más apartados de la realidad que pretenden describir y, además, las nuevas expresiones son tan redundantes, tan ajenas a la economía del lenguaje, que dificultan la expresión.
Por ejemplo: el término inválido, utilizado durante siglos en el ejército para aquellos soldados mutilados que, por tanto, ya no eran válidos para el servicio, comenzó a considerarse ofensivo. Fue sustituido por el término minusválido, pero pronto también se convirtió en tabú y se cambió por el de discapacitado que, a su vez, cayó en desgracia y fue reemplazado por el de “personas con capacidades distintas”, un eufemismo de eufemismos completamente ajeno a lo que se pretende describir, pues cualquier persona entraría en esta definición.
En otras ocasiones, rizando el rizo, se vulnera el principio de economía del lenguaje con el pretexto de utilizar un “lenguaje no sexista”: “los perros y las perras son los mejores amigos y las mejores amigas de los hombres y de las mujeres”.
El supuesto de la corrección política es que la modificación del lenguaje y de los significados, redundará en un cambio del pensamiento y de las actitudes. Pero es ahí donde fracasa el intento de modelar la sociedad a través del lenguaje, pues las palabras no son pensamientos, sino meras representaciones. Se puede cambiar la palabra, pero el nuevo vocablo acaba, tarde o temprano, impregnado por el antiguo concepto. Ni el concepto ni el pensamiento de la gente se renueva con el cambio de nombre.
El activista W. E. B. Du Bois, tras haber sido censurado por usar la palabra “negro”, respondió: “Es un error juvenil confundir los nombres con las cosas. Las palabras solo son signos convencionales para identificar objetos o hechos: pero son estos últimos los que cuentan. Hay personas que nos menosprecian por ser negros; pero no nos van a despreciar menos por hacernos llamar “hombres de color” o “afroamericanos”. No es la palabra… es el hecho”.
Para forzar el uso de los nuevos términos, se acometen campañas para deslegitimar las antiguas palabras, ahora incorrectas, acusando a quienes las usan de sexistas, racistas, homófobos etc. y se anima a ciertos colectivos a sentirse ofendidos por palabras que no poseen intención denigratoria. Se crea así una policía del lenguaje que identifica, a través de su léxico, a partidarios y adversarios de un conflicto generado artificialmente.
Quizá alguien pudiera pensar que los apóstoles de la corrección política persiguen fines bondadosos, pero no es así, pues, utilizando un doble rasero, justifican la descalificación y el ataque a quienes no comulgan con la corrección política.
La solución a este despropósito es no caer en el juego del carrusel de eufemismos. Utilizar los términos con rigor, de manera neutral y objetiva, tratando de manera respetuosa e igual a todas las personas, con independencia del colectivo al que pertenezcan.
Quiero acabar esta entrada con sentido del humor. Os dejo con “Los suceptibles”, chirigota callejera de Cádiz, que en el carnaval del 2018 interpretaron el pasodoble “Políticamente correcto” en el que hacen unos “arreglillos” a la letra, actualmente desfasada y políticamente incorrecta, del pasodoble de la comparsa “Los Tarantos” de Antonio Martín que obtuvo el primer premio del COAC (Concurso Oficial de Agrupaciones Carnavalescas) de Cádiz en 1970. Debajo del vídeo he añadido el pasodoble original cuya letra tiene cincuenta y cinco años y, por tanto, hay que contextualizarla sin juzgarla anacrónicamente.
* Cuando abras el vídeo, selecciona la resolución más alta disponible (720p) en configuración (icono engranaje).
La autoría del cuento es desconocida. Distintos autores han publicado diferentes adaptaciones.
Un sabio maestro caminaba con uno de sus discípulos por el campo y vieron a lo lejos una humilde cabaña. El maestro decidió hacer una visita al lugar.
Cuando llegaron, comprobaron que en la pequeña y miserable casa vivía una familia muy pobre formada por un matrimonio y tres hijos. Todos estaban famélicos, vestían ropas harapientas y no tenían zapatos.
El maestro le preguntó al padre cómo se sustentaban para sobrevivir y el hombre le dijo:
—Tenemos una vaca en el corral. Bebemos su leche y hacemos algo de queso y mantequilla que vendemos y, así, nos vamos apañando.
Los visitantes se despidieron y siguieron su camino. Cuando se habían alejado un poco, el maestro le dijo al discípulo:
—Hoy por la noche, sin que nadie te vea, volverás a la cabaña, robarás la vaca y se la darás a la primera persona que pase por la carretera y acepte el regalo.
El joven no daba crédito a lo que oía y estaba horrorizado, pues esa vaca era el medio de subsistencia de aquella familia, pero obedeció a su maestro e hizo cuanto le dijo.
El discípulo no podía olvidar aquel hecho tan ruin y unos años más tarde, movido por la culpa, volvió a la cabaña para confesarle a la familia lo que había hecho, pedir perdón y ayudarles, en lo que pudiera, a salir adelante.
Cuando llegó, vio que, en lugar de la mísera cabaña, había una gran casa con un buen coche en la entrada y un hermoso jardín en el que jugaban unos niños saludables y bien vestidos.
El discípulo, pensando que la pobre familia anterior había tenido que vender el terreno y marcharse del lugar, preguntó al hombre que estaba sentado en el porche de la casa:
—Disculpe, ¿sabe usted a dónde se fue la familia que vivía aquí hace unos cuatro años?
El hombre, extrañado ante esa pregunta, le contestó:
—Somos nosotros. Vivimos aquí desde hace más de diez años.
—¿Y cómo es que ahora son tan prósperos? —preguntó el joven sorprendido.
—Lo que sucedió —dijo el hombre— fue que una noche nos robaron la vaca, que era nuestro único sustento, y tuvimos que buscar otras formas de vivir y descubrí habilidades que yo mismo desconocía. Gracias a ello ahora vivimos muy bien, mucho mejor que antes.